EL ANGEL DE LA GUARDA

Cuando aquel Angel de la Guarda vió que su niño se acercaba al precipicio, se estremeció de miedo. Y, como siempre, permaneció callado. ¿Cómo iba revelarle al niño que los ángeles de la guarda no tenían alas y que, por lo tanto, si él se precipitaba al vacío no podría hacer nada para salvarle? Decirle eso destruiría el castillito de ilusiones que ese niño al que tanto amaba había construido sobre él. Así que, continuó callado y esperó temblando.
Un poquito después, el niño resbaló y cayó al precipicio. Entonces, aquel ángel de la guarda, un poco pusilánime si se quiere, se puso a llorar. Nadie le vió, porque todos los ángeles de la guarda están siempre solos. Pero lo cierto fué que lloró. Lloró y comenzó a morir. Sabía muy bien que, además de ser una invención de los hombres, el oficio de ángel ya no tenía futuro para él. La suya había sido siempre una profesión personal e intransferible.