EN LA MERCERÍA

En la pequeña mercería del barrio no quedaban ya más que cosas pasadas de moda: tres o cuatro carretes de hilo, varias cajitas de botones y la dueña.
La dueña era una viejecita que tenía un tic con el que parecía masticar todo el tiempo.
A mi me gustaba verla. Incluso cuando hablaba, no dejaba de masticar. Y eso me hacía gracia.
Un día le pregunté a un amigo dentista si aquello era grave.
¿Cuántos años tiene la viejecita? – me preguntó.
Alrededor de los noventa – contesté yo.
Mi amigo se quedó pensativo durante un rato. Luego, me dijo con toda la naturalidad del mundo:
La vida ha debido ser muy dura para ella.
¿Por qué supones eso?- comenté.
Y mi amigo, sin mirarme siquiera, y en voz muy baja, me contestó:
Porque aún está intentando tragársela.