El orador Woody Shalman

Lo primero que dijo el orador fué que se llamaba Woody Shalman y pidió que nadie, por culpa de ese nombre, lo confundiera con Woody Allen. En ese momento, yo miré a los cuatro pardillos que me rodeaban y no aprecié en ninguno de ellos ni siquiera un pequeño gesto por el que se pudiera deducir que alguien iba a confundir a aquel hombre, gordo como una hucha de propaganda, con el flaco Allen que todo el mundo debía conocer.
Nos encontrábamos en Roche Corner, una esquinita del precioso parque de Instintong, en el distrito federal de Koalimpuria. Serían las once y media, a.m., de un día soleado de verano y ya, excepto el pequeño auditorio del Sr. Shalman,
todo el mundo, incluido los pájaros, se batía en retirada hacia lugares menos hermosos que Roche Corner, pero más fresquitos.
El hombre no cree en Dios- vociferó Shalman como un energúmeno haciendo temblar el viejo banco que le servía de púlpito y desde el que podría dominar a un gentío que, de momento, no se había dignado a aparecer por allí. Se despojó de una especie de manta mugrienta que, sin lugar a dudas, había sido rescatada de un contenedor de basuras cercano a los Grandes Almacenes Koal –Bloomingdales, y continuó - El hombre no cree en Dios, sino que crea a Dios.
Tras aquel juego de palabras, sus encendidos ojos, semejantes a los de un basilisco que se hubiera saltado el control aduanero de especies protegidas, fueron recorriendo nuestras cabezas – la mía y la de los otros cuatro – como si esperara un desmayo emocional ante aquel formidable descubrimiento de la rara existencia de un dios especial.
No consiguió que ninguno de nosotros se desvaneciera, pero sí que otros tres paseantes se detuvieran ante él y lo miraran
con distintas expresiones que iban desde la sonrisa bobalicona de un papá maduro ante las gracietas de un hijo grandullón y patoso, hasta el crispado gesto de un viejo policía a punto de saltar sobre una presa que, sin duda, haría famosa su jubilación.
Y si el hombre crea a Dios - continuó Shalman dándose golpes en el pecho como un gorila en celo - es porque no quiere ir solo por el mercado del mundo. Con su habitual egoísmo, se ha dado cuenta de lo rentable que resulta tener cerca a un amigo todopoderoso a quien pedir los cuatro euros que le falten a uno para comprar aguacates, por ejemplo, o, por qué no decirlo, a quien convencer de que realice un milagro para que su hijita, medio putilla ya, apruebe las oposiciones a Registradores de la Propiedad con el número uno, cosa harto difícil, pero no imposible para un dios.
A pesar del calor, el auditorio iba en aumento, y el sudor del Sr. Shalman también. Pero, poseído de la vehemencia propia de un maduro play boy pidiendo la mano de Paris Hilton, alzó aun más su tronante voz mientras extendía su brazo derecho y lo hacía planear sobre nosotros como un águila carroñera sobre su presa. Entonces, yo presentí - no me ha fallado nunca - que la púa de aquella amenazante ruleta estaba destinada a detenerse en mi cabeza. Y el pánico de cualquier persona de bien a quien una bailarina de cabaret obliga a subir al escenario para que le ayude a representar un numerito porno se apoderó de mí. Y, aunque deseé con toda mi alma que un o.v.n.i. plateado me abdujera, permanecí clavado en mi sitio. La mano del Sr. Shalman se detuvo, efectivamente, sobre mi cabeza y se cerró formando un puño poco amistoso . Un instante después, el dedo índice se desplegó en el espacio y apuntó hacia mí como preludio de que, tal como yo había supuesto, me iba a convertir en el destinatario final de alguna solemne pregunta.
Sin embargo, a pesar del escalofrío de miedo que recorrió todo mi cuerpo, mantuve la lucidez suficiente para darme cuenta de que aquel dedo enorme, estrangulado por un espantoso anillo dorado, ancho como un grillete, se parecía más a una salchicha de Frankfurt mal embutida que al puntero de la suerte de un orador como el Sr. Shalman. Y esa observación calmó un poquito mi ansiedad.
¿Usted no cree en Dios, verdad?
La pregunta quedó colgada en el aire. Todas las cabezas asistentes se volvieron hacia mí con la perversa sonrisa de los que se han librado de colaborar con el artista.
¿Yo? Pues, no sé si conozco a ese dios al que usted se refiere– contesté balbuciendo las palabras – Yo casi nunca voy al mercado ni tengo ninguna hija putilla a quien desee colocar como Registradora de la Propiedad.
Se hizo un silencio. Cerré los ojos y me preparé para recibir la cólera del Sr. Shalman. Pero, como no ocurría nada, a los pocos segundos volví a abrirlos y encontré que el orador había dejado de apuntarme con su dedo-salchicha y metía a toda su audiencia, ya numerosa, dentro de una mirada acusadora.
Muy despacio, y marcando mucho ciertas palabras, dijo:
Todos ustedes cre-en que cre-en en Dios, pero el dios en el que cre-en ustedes es un dios que ustedes mismos han cre-ado. ¿No es así?

Se produjo un murmullo de confusión, confusión que yo aproveché para escabullirme y alejarme a gatas de la primera fila en la que ya me había fichado el maldito Shalman.
Parapetado tras un árbol de aquel hermoso parque de Instintong, pero concomido por la curiosidad, intenté coger de nuevo el hilo de la perorata. Me resultó muy difícil saber qué pintaba Mijail Bakunin en el discurso del orador, quien en aquel momento, se declaraba fiel devoto del anarquista ruso. No se oía muy bien, pero, por lo visto, aquella fascinación por Bakunin le llegó a Shalman el día en el que leyó una teoría bakuniana sobre las fantasías teológicas de los hombres, lo que coincidía en cierto modo con la suya del creer y del crear. A partir de aquí, ciertas frases sobre la Inquisición, el diablo, los maleficios, la plenitudo potestatis de la Iglesía, y cosas por el estilo, revolotearon por Roche Corner como alocados pájaros huyendo de un gavilán más loco todavía. Así que, cuando el cóctel oratorio de Shalman comenzó a subírseme a la cabeza, consideré que era el momento oportuno de abandonar el parque.
Pero, de pronto, antes de partir, se produjo el silencio alrededor de Shalman. Miré de nuevo hacia el banco del orador y comprobé que, aparte del silencio, se estaba produciendo una general desbandada de los asistentes como si alguien hubiera gritado ¡fuego!. Y es que Shalman había bajado de su estrado y, por dos euros, ofrecía a la fugitiva concurrencia unos llaveritos de colores, brillantes al sol del mediodía.
Despejado el gentío, Shalman me descubrió junto al árbol y,
como un naúfrago que ha visto a lo lejos una isla con cocos, se acercó a mí, todo sonriente él, haciendo unos raros movimientos de cabeza que me recordaron a los de un vendedor árabe intentando colocarme una alfombra en el Gran Bazar de Estambul.
Al ofrecerme el artículo , que puso en mis manos sin el menor recato, pude ver que aquellos llaveritos llevaban grabados por ambas caras dos C, la de crear y la de creer, las mismas que había visto yo unos minutos antes en el anillo que aprisionaba el dedo-salchicha del orador, ese dedo que, durante unos instantes, había torturado mi natural pudor de burócrata puntilloso y temeroso de Dios.
Y, entonces, sentí un poco de pena por el Sr.Shalman. Convertido en vendedor ambulante sobre la hierba de un parque, bonito, sí, pero en nada parecido al Gran Bazar de Estambul, se había quedado en nada.
Así que, movido por esa penita, alegré su vida comprándole dos llaveros, los dos para mi amiga Sally, una amiga a la que quiero con todo mi corazón y a la que tengo escondida desde hace ya algunos años en un pequeño apartamento muy cerca de Instintong. A ella le encantan estos recuerditos. Los tiene de todas las partes del mundo que hemos visitado juntos: De Lourdes, de Fátima, del Vaticano, incluso de Méjico.

¡Ah! Mi mujer no ha llegado a enterarse nunca de esa relación. Yo le pido a Dios, todos los días, ese pequeño favor. Y, como yo sé que ese buen Dios que está en los cielos me ama, estoy tranquilo.