Hiperión no es solamente el nombre de un caballo

El cuanto llegué a Sevilla me dí cuenta de que aquella era una ciudad maravillosa, no sólo porque, efectivamente, me estaba pareciendo maravillosa, sino por la cantidad de veces que lo oí decir en el corto paseo que va desde la calle Sierpes hasta la Catedral. Aprovechando el ripio, la gente de la calle se deshacía en elogios.
¿Sevilla?...¡Una maravilla!
Ya en la Catedral, admiré durante un buen rato la imponente arquitectura. Acababa de leer en la guía cómo en el siglo XIII el Rey Fernando III de Castilla convirtió la Gran Mezquita musulmana que allí había en el templo cristiano de hoy. Y estaba entretenido en lo referente a la Giralda, el famoso alminar que se conserva de la Gran Mezquita, cuando oí que alguien me hablaba en voz baja. Me volví y encontré a una señora elegantemente vestida que, tocada con un delicado velo negro, dirigía su vista hacia la bóveda del crucero, de estilo flamígero.
¿Decía usted, señora?
Sin bajar los ojos, la señora, murmuró
Es la más grande del mundo ¿no le parece?
Recordé la Basílica de San Pedro en Roma y la Catedral de San Pablo en Londres, pero como estaba seguro de que la señora me objetaría que la Basílica de San Pedro no era la Catedral de Roma, me pareció oportuno no entrar en una discusión sobre catedrales. Con amable condescendencia iba yo a comentar que la Catedral de Sevilla era, eso sí, la más grande de España, cuando ella lanzó un suspiro y añadió:
¡Es maravillosa!
¡Maravillosa! – contesté sin dudar, embriagado por el entusiasmo de tan hermosa señora.
Entonces, y sólo entonces, se volvió hacia mí, dio un paso atrás y, mirándome de arriba a abajo, lanzó al aire una curiosa expresión:
¡Ay, qué arte! – exclamó.
Y, desplegando un abanico negro con incrustaciones de nácar,
se alejó por el pasillo de la Catedral repitiendo aquello del arte como en una letanía.
Cuando salí de la Catedral, la señora del arte estaba esperándome fuera. Yo la saludé cortésmente y comencé a alejarme, pero ella, blandiendo su abanico como si fuera un florete, me alcanzó.
¿Quiere venir a mi casa a tomar gazpacho? – me preguntó con una sonrisa en los labios, una sonrisa provocadora, diría yo.
Pero, como yo no estaba acostumbrado a que me ofrecieran gazpacho a la salida de las iglesias, ni a las salidas de casi ningún sitio, moví la cabeza dubitativamente, y entonces ella, que debió haber entendido aquel tímido movimiento de cabeza como una sumisa aceptación, me cogió del brazo y de un empujón me introdujo en un lujoso carruaje cuyo caballo, que era del Betis Club de fútbol, según supe unos minutos más tarde, salió galopando hacia El Aljarafe porque quedaban pocos minutos para que comenzara el partido Sevilla- Betis, un derby que, por lo visto, no se quería perder.
El Aljarafe es un lujoso barrio de Sevilla en el que todos los vecinos poseen un coche de caballos, dos Range Rover 4x4, seis coches medianos, dos pequeños, diecisiete o dieciocho criados sudamericanos, y una bodega.
Como estábamos tardando mucho en llegar a la casa a causa del tráfico, el caballo mostró un considerable cabreo que nos transmitía a cada rato sentándose en la acera con cara de pocos amigos. Menos mal que, en un momento dado, un transeúnte le invitó a tomar una cerveza, lo que el caballo agradeció profundamente. Por unos momentos dejó de pensar en el Sevilla – Betis , bailó unas sevillanas con el amable señor que le había invitado, y, luego, un poquito más calmado, se enganchó de nuevo al carro para seguir su camino hasta “El Rociito”, que así se llamaba el chalet de la señora.
Una vez allí, el caballo nos propinó un par de coces y salió corriendo hacia la cuadra con la esperanza de ver en la tele, por lo menos, la repetición de las jugadas.
La señora se excusó diciendo que aquel caballo era un pura sangre y que se llamaba Hiperión.
Ante mi desconcierto, la señora se sintió en la obligación de añadir:
Estará usted de acuerdo en que los pura sangre dan patadas a todo el mundo.
Reconozco que nunca me habían planteado preguntas por el estilo, ni siquiera cuando tuve que declarar como testigo de la muerte por asfixia de un vecino mío que pesaba 155 kilos y que estuvo a punto de ganar un concurso de glotonería cuando se le quedó atragantado en la glotis el croissant número 32. Por eso, sólo se me ocurrió repetir tímidamente:
¿Los caballos pura sangre dan patadas a todo el mundo?
Claro – dijo ella rotundamente - Mire cómo tengo el brazo – añadió mostrándome en su brazo derecho una pulsera de oro de la que colgaba una medalla de una Virgen desconocida para mí - Menos mal que esta Virgen del Rocío me protege de ese maldito caballo.
¿?
Sí, a ella le pido todos los días que se muera.
¿Que se muera quién, Hiperión? – pregunté por decir algo.
Naturalmente. A ese caballo deben quedarle un par de avemarías.
Besó la medalla y, después de un suspiro de resignación, añadió:
Lo malo es que mi marido, que no tiene un ápice de conciencia social, adora los caballos y los sustituye enseguida.
Con tan equina charleta llegamos a un salón en el que un grupo de gente, toda ella muy parecida a la señora de la casa que me había introducido allí, bailaba sevillanas. Comprendí entonces, lo del caballo. Estaba claro que las costumbres son las costumbres y que la conducta del caballo bailando sevillanas en plena calle no era sino una torpe emulación de la de sus dueños.
Apenas hube traspasado el umbral del salón, uno de los criados que servían manzanilla me endiñó un puñetazo y me tiró al suelo.
- ¡Vaya! – exclamé un poco aturdido mientras se apoderaba de mí la idea de salir corriendo como quien ha pisado un avispero.
Pero, aun no me había recuperado del golpe, cuando un señor muy elegante me tendió afectuosamente su mano diciéndome
- Debe disculparle, amigo, es un guaramino
- ¿Un guaramino?- repetí pensando que, quizás, se tratara de un alumno aventajado en una academia de boxeo.
- Así llamamos a los emigrantes, o, mejor dicho, a los inmigrantes – puntualizó el elegante señor mientras me entregaba un pañuelo de cachemire que asomaba del bolsillo superior izquierdo de su chaqueta blazer.
- Pero este puñetazo...- balbucí llevándome el pañuelo al pómulo derecho y dolorido de mi rostro.
Ah, no se preocupe.- intervino mi amiga que había observado todo con absoluta tranquilidad - Normalmente dan dos puñetazos a cada invitado. Es algo que no podemos remediar, porque, una de dos, o hacemos la vista gorda o nos quedamos sin servicio. El problema es que no se integran y que, en el fondo, nos odian.– hizo una pausa y añadió -¡Ande, tómese una uvita!.
Me tomé la uvita, que era un culito de manzanilla – vino fino de Sanlúcar de Barrameda, primo hermano del famoso fino de Jerez - en el fondo de un minúsculo vaso de cartón. Desde aquel mismo instante, y por más aprisa que yo me los bebiera, los culitos de manzanilla aparecían en el vasito, uno tras otro, por culpa de unos señores muy pesados a los que nadie me había presentado, pero que, por lo visto, no podían soportar la idea de que yo pasara ni un par de minutos sin beber.
-¿Una uvita? – preguntaban, botella en mano.
Y sin esperar mi respuesta, escanciaban en mi vasito unos veintidos decílitros de manzanilla con una precisión matemática admirable. A la hora y media de estar allí me había tomado ya más de dieciocho uvitas lo que comenzaba a formar un hermoso racimo colgado de una cepa que era, precisamente, mi cabeza.
Tal vez por aquel efecto, eufemísticamente llamado trompa o merluza, me dio por preguntar una y otra vez si era normal la conducta del caballo que nos trajo a la casa.
- Mire, usted – me contestó un señor flaco, flaco que se empeñaba en hablarme de frente y muy cerca de mi cara como si deseara enviarme un mensaje digestivo de las uvitas que llevaba dentro – De Sevilla usted puede esperarse cualquier cosa.
Pero, como mi trompa o merluza no estaba dispuesta a renunciar a una explicación más amplia, añadí:
- Estará usted de acuerdo en que el hecho de que un caballo se siente en una acera o baile unas sevillanas con un desconocido es demasiado fuerte ¿No?
- No - me contestó el flaco con contundencia – Durante muchos años, generaciones diría yo, esas cosas estaban reservadas a la gente de bien como nosotros. Pero el sistema ha degenerado de tal manera que ahora hasta los caballos bailan con el primero que pasa. Ya lo ha visto usted.
Y, acto seguido se comió los catorce montaditos de una bandeja que, en aquel momento, ofrecía una doncellita muy mona y muy coqueta, seguramente caribeña que – al menos, eso me pareció a mí – me hacía morritos por encima de la bandeja.
¿Y el guaramino? - pregunté con insistencia, efecto secundario de la manzanilla - ¿Qué me dice usted del guaramino?
¿De qué guaramino está usted hablándome?
Pues del que me ha propinado un puñetazo.
¿No me diga? ¿Le ha propinado un puñetazo algún guaramino? – preguntó sin ninguna emoción – Eso es lo de menos. Lo malo sería que le hubieran quemado la casa o que hubieran encerrado a su mujer en la nevera.
¿Eso hacen los guaraminos?
Algunos, no todos. Otros se casan todo el rato.
¡Ah! ¿Sí?
Sí, señor. Se casan para tener muchos niños y desplazarnos a todos nosotros.
¿Desplazarnos de dónde?- pregunté, dándome cuenta de que la nebulosa alcohólica de mi mente volvía a ocupar la mayor parte de mis neuronas.
Pero, la pregunta quedó sin respuesta. Estaba bien claro que aquel tema no parecía preocupar demasiado a los allí presentes o, por lo menos, a mi interlocutor flaquito, quien dejándome con la pregunta en la boca, había salido corriendo, no sé si tras otra bandeja de canapés o tras la joven mulatita que los ofrecía con un desparpajo y un encanto muy parecidos a los de la caribeña que me había hecho morritos a mí.
Con la vista busqué a la señora de la Catedral, o sea, a la dueña de la casa. La encontré enseguida porque no me había dado cuenta de que continuaba a mi lado, impertérrita. Digo impertérrita porque no parecía extrañarse de nada de lo que me estaba pasando. Lo único que hizo fué tomarme del brazo y llevarme hasta un balcón desde el que podía contemplarse la ciudad de Sevilla con la torre de la Catedral, o sea, con la Giralda, dominando un conjunto más bien desafortunado de antenas de televisión y de tejados.
Una vez allí, la señora inició una maniobra de consuelo que, en algunos libros de época, se conocía con el nombre de seducción. Yo la miré y, quizás por efecto de las uvitas, le pregunté esperando que no conociera el verbo:
¿Está usted seduciéndome?
Sí – me contestó echándose en mis brazos como doña Jimena en brazos del Cid Campeador después de una batalla.
Intenté apartarla de mí mientras le recordaba que su marido, el amante de los caballos purasangre, podía verla y enfadarse un poco. Pero, ella me dijo que no, que en su grupo – y se refería a todos aquellos que, dentro del salón, se afanaban en las uvitas, en los canapés y en las tetitas respingonas de las doncellas caribeñas – nadie se escandalizaba por nada.
Pero usted es católica ¿no?- añadí mientras me colocaba en el cuello un imaginario salvavidas de corcho.
Sí – contestó ella firmemente – Pertenezco a la Pontificia y Real Hermandad y Archicofradía de Nazarenos del Santísimo Sacramento y de la Pura y Limpia Concepción de la Santísima Virgen María, del Santísimo Cristo de las Tres Caídas, Nuestra Señora de la Esperanza y San Juan Evangelista.
¡Ah! Bueno –balbucí, algo desconcertado, lo reconozco.
Y, si no llega a ser porque una nube de mosquitos envolvió nuestras cabezas como si fuéramos pinchos de tortilla y nos, obligó a entrar en el salón, la señora de la casa me habría violado allí mismo ante la indiferencia de todos aquellos invitados que, ya me lo había insinuado ella, nos habrían mirado con la misma mirada neutra con la que se mira la saltarina bolita de una ruleta en la que uno no se ha jugado nada.
Mientras la señora iba a la cocina en busca de amoniaco para aliviar picaduras, me senté en un sofá solitario y comencé a respirar profunda y rápidamente para ver si me despejaba un poco y resultaba que aquel encuentro en la catedral- y todo lo que vino detrás - no había sido más que el pasajero sueño de un tipo como yo, demasiado aficionado a las películas de ciencia ficción. Pero, no. Un voluminoso ejemplar humano, muy parecido al frustrado participante del concurso de croissants, se arrellanó a mi lado y comenzó a hablar mientras despuntaba un enorme puro con una fruición tan erótica que me recordó ciertas maniobras sexuales que no quiero decir.
Le interesa la caza ¿verdad?
Y, aunque estaba bien claro que al voluminoso señor le preocupaba mucho más el puro que mis aficiones cinegéticas, pregunté:
¿A quién?¿A mí?
Pregunta estúpida. Allí estábamos él y yo, solos, como si fuésemos a representar la escena del sofá del Don Juan Tenorio, en versión libérrima del grupo teatral “La cabra burguesa”.
Sí, a usted. En cuanto le he visto entrar con la señora Vila, me he dicho “¡tate! aquí hay un cazador cazado”
Lo único que comprendí de aquellas palabras fué que la señora de la catedral – al fin lo sabía – se apellidaba Vila.
Escuche usted – continuó mi vecino de sofá – en nuestro grupo la caza es muy importante. Todos nosotros cazamos algo. Unos cazamos corzos, jabalíes, perdices, etc, y otros, sobre todo, otras, cazan ejemplares como usted. ¿Dónde ha sido? ¿En el Club? ¿En la Catedral? ¿En los toros? ¿Dónde?
Me quedé estupefacto ¿Qué quería decir aquello del cazador cazado? ¿Acaso suponía que yo era un gígolo cazado en alguno de esos cotos que él había enumerado hacía un ratito? No tuve tiempo de responder. Él, con una parsimonia más digna de un Presidente de Gobierno anunciando una subida de impuestos que de un gordo cotilla lamiendo un puro, añadió:
Estoy seguro de que usted ha caído en la Catedral. Pero no se preocupe, casi todas las piezas que Aurora caza en la Catedral me caen bien. Suelen ser gente educada. Así que no me importará nada que se quede usted a cenar.
Comprendí que Aurora era el nombre de pila de la señora Vila. Iba a decir que, de momento, la tal Aurora no me había invitado a cenar, cuando el orondo señor pareció adivinar mi pensamiento y comentó:
No importa que la señora Vila no le haya invitado a cenar todavía. Ya le invito yo.
¿Y usted quién es? –pregunté pensando que su majestad el gordo estaba pasándose de la raya.
Yo soy el señor Vila – me respondió alargándome la única mano que le quedaba libre, mientras con la otra daba una larga calada al monumental puro de sus amores.
Un momento después, me encontré en medio de la noche sevillana corriendo por El Aljarafe en busca de un taxi que me llevara al Hotel.
Y, cuando estaba a punto de desfallecer, oí que un caballo se acercaba galopando hacia mí.
Cuando llegó a mi lado, se paró en seco y me preguntó:
¿Quiere que le lleve, señor?
Inmediatamente reconocí a Hiperión. Dudé unos instantes, pero, ante las dulces palabras del caballo, subí a su lomo y le dí las gracias.
No tiene por qué darlas, señor – contestó el caballo – Y aprovecho la ocasión para pedirle perdón por la coz. Pensé que era usted uno de ellos, uno de esos que piensan que Hiperión es solamente el nombre de un caballo. Y ya ve que no, señor.
Guardé silencio. El trote de Hiperión sonó, entonces, como el taconeo de un angel perdido en la noche sevillana. Una noche que olía a albahaca y a flores de azahar.