Mi amigo Willie Sutton

Conocí a Willie Sutton en la Prisión de Holmesbug, Condado de Filadelfia. La cárcel de Holmesburg es una cárcel de máxima seguridad de la que Willie se fugó por su maldita manía de llevar la contraria a todo el mundo, sobre todo a su director, el Sr. Baldi, quien tuvo la desafortunada ocurrencia de decirle que jamás conseguiría fugarse de allí.
No es que yo llegase a ser muy amigo de Willie, que se comía mi postre en cuanto se producía un asesinato en el comedor, pero debo reconocer que era amable conmigo y que nunca tuvimos ni un sí ni un no en el tiempo en el que permanecimos juntos en el penal. Cuando le pregunté por qué se comía mi postre en tales trances me contestó que lo hacía porque en esos momentos yo no miraba mi plato.
Pasado el tiempo, comprendí que aquella respuesta formaba parte de su filosofía, como otra que le había dado a un reportero que deseaba saber por qué robaba en los Bancos.
-Pues, muy sencillo, hijo – le contestó – porque en ellos es donde está el dinero.
Y, como Willie era así, tranquilo, de pausada conversación y pensamiento lógico, yo lo pasaba estupendamente con él, hasta el punto de que ya no hacía falta que mataran a nadie para que él se comiera mi postre, porque, pasado algún tiempo, yo se lo daba ya desinteresadamente, aunque fuera el pastelito de maíz y frambuesa de los domingos.
Cuando me hablaba cariñosamente de su mujer, Olga Kowalska y de su hija Jeanie, a la que, en cierta ocasión había regalado un caballo poney comprado a su manera a un circo ambulante, me resultaba dificil creer que aquel hombre menudo, sencillo, que respiraba con dificultad, que fumaba y bebía poco y que parecía no tener ningún otro vicio que el de comerse mis postres, podía ser uno de los estafadores más fríos y astutos de los Estados Unidos.
Lo único que le ponía de mal humor era que la gente considerara algunas de sus lógicas respuestas como muestras de su genialidad. Porque si él , decía, era realmente un genio, no se debía a unas frasecitas más o menos originales, sino por una extraordinaria inteligencia que superaba, con mucho, la media de los demás mortales, sobre todo, la de los gordos ejecutivos que iban a los gimnasios de siete a ocho de la tarde y que, luego, se ponían morados de palomitas o de blinis de caviar, según los casos, mientras, tumbados en el sofá, veían un partido de los Yankees de Nueva York en televisión, e insultaban al árbitro.
Según Willie, todos los propietarios y gestores de Bancos pertenecían a ese grupo de despreciables seres humanos a los que se podía robar sin remordimiento alguno ya que ellos robaban a todo el mundo también. La diferencia estaba en que él pagaba con la cárcel cualquier descuido, mientras que a ningún banquero le quitaba el sueño un robo más o menos porque las pérdidas las pagaba siempre el seguro.
Una vez, le pregunté si pensaba fugarse de allí, como lo había hecho ya varias veces de otras prisiones.
Naturalmente – me contestó con más tranquilidad y convicción que si le hubiera preguntado si alguna vez había engañado a su mujer – Hay dos cosas que me dan la vida, una es robar, y la otra, escaparme de estas cárceles modelos “a prueba de fugas”.
A Willie y a mí no nos permitían estar juntos más que a la hora de comer, pues él llevaba un régimen penitenciario mucho más rígido que el mío. Para los guardias yo no era más que una buena persona, cuyo único delito fué desconectar sin permiso de los médicos los tubos que, en un Hospital de Arkansas Valley, mantenían con vida a uno de mis socios que se había negado a pagarme una deuda de doscientos mil dólares.
En cambio, Willie Sutton estaba considerado como el más peligroso recluso llegado al penal de Holmesburg en los últimos años. Pero, no peligroso porque fuera violento ni alborotador, sino por su fama de escapista silencioso que, en cualquier momento podía dar la sorpresa de haber roto –sin saber nadie cómo – todas las medidas de seguridad de la cárcel modelo.
¡Y vaya si dió la sorpresa!
Una mañana, a la hora del desayuno, comenzó a correrse el rumor de que Willie Sutton se había fugado en compañía de Frederic Tenuto, un pájaro de cuenta cuya fama de violento, ese sí, se había acrecentado desde el día en que, por la única razón de que no olía demasiado bien, metió a otro recluso en la gigantesca lavadora del penal hasta que la máquina se detuvo automáticamente después de finalizar el programa de escurrido.
Confirmada la noticia de la fuga de Willie, yo me quedé sin compañero de mesa y sin sus inteligentes opiniones sobre todo lo que ocurría en el mundo, fuera y dentro del penal. Aunque sin muchas ganas, volví a comer los miserables postres que tanto gustaban a mi amigo, y con los que el cocinero de la cárcel parecía vengarse en nosotros de un despido que el famoso restaurante neoyorkino The Brasserie enragé, o sea, la Brasserie rabiosa, se había visto obligado a realizar cuando comprobó que un pinche coreano había desaparecido del local y que, unos días después, en la carta del restaurante aparecieron unos sospechosos filetitos al curry más propios de la comida coreana que de una Brasserie, por muy rabiosa que ésta fuera.
Pasó algún tiempo y, reducida mi pena por buena conducta,
volví a mi casa en Palm Beach, Florida. Como ya no me quedaba ningún familiar a quien contar mis experiencias en la Penitenciaría de Holmesburg, me convertí en un hombre solitario que recorría las calles de Miami, llenas de Bancos, recordando siempre a su compañero de mesa en la prisión, Willie Sutton. En más de una ocasión pensé que en la caja fuerte de alguno de aquellos Bancos de Miami podría estar buena parte del dinero robado, porque Willie - él me lo había dicho varias veces - tenía una gran fé en los Bancos americanos.
De vez en cuando, yo daba un largo paseo por la playa y recalaba en el Coco Palm Beach, un agradable restaurante de ambiente asiático, cuyo único defecto era que, a veces, algún plato de la carta me recordaba los filetitos al curry que le costaron el despido al cocinero de la Brasserie enragé.
Y un día, uno de esos días nublados de Miami en los que parece que las palmeras se han equivocado de paisaje, contemplaba yo el horizonte gris cuando mé dí cuenta de que alguien me había birlado el Banana/chocolate Spring Roll, especialidad de la casa, que acaban de servirme.
Un venerable señor que lucía un bigote blanco como sus largos cabellos sostenía mi plato entre sus manos.
Quiere explicarme esto – protesté - ¿Por qué razón me quita usted el postre?
Porque estaba usted distraído mirando el paisaje – me contestó con una sonrisa de complicidad.
Aquella respuesta me dejó petrificado. No podía creer lo que estaba pensando. Así que, sin ningún recato, exclamé
¡Willie¡¡Willie Sutton!
Hizo un gesto como invitándome a que hablara en voz baja y se sentó a mi lado. Efectivamente, era él. Como todo lo que hacía, Willie había elegido bien su disfraz. Con unos pantalones a cuadros grises y negros, una camisa roja y un sombrero, rojo también, sobre su peluca blanca, estaba mucho más cerca de parecer un Papá Nöel en vacaciones que un sospechoso de robo, aunque fuera a una mercería de barrio.
Y, entonces, con una sonrisa que jamás le había visto en la prisión, comenzó a contarme su fuga de Holmesburg. Y lo hizo con una rara elocuencia en él, como si hubiera estado esperando largo tiempo el momento de compartir su proeza con alguien de confianza. Y, naturalmente, ese alguien era yo.
Escucha – me dijo – Tu sabes que yo no creo en la rectitud de nadie ¿verdad?. Pues esa creencia ha sido siempre el secreto de mis éxitos. Desde que ingresé en la prisión fuí estudiando , uno por uno, a todos los reclusos. Tenía que encontrar a alguien que, como yo, sintiera, no solo la necesidad, sino el placer de fugarse.
Y Frederic Tenuto que, como sabes, era imprevisible y violento como un huracán fue mi hombre. Desde el día en que apareció en la prisión, me di cuenta de que él sería la llave que me abriría la puerta de aquella infame cárcel de la que tan orgulloso estaba el Sr. Baldi, su director ¿recuerdas?.
A partir de aquel momento, Willie dejó de mirarme y comenzó a hablar en un susurro, como si estuviera en un confesionario. Me costaba trabajo seguirle, porque, aunque con muchos gestos de esos que hacen los loquitos cuando hablan solos, bajó su voz hasta hacerla casi inaudible.
Nadie me vió hablar nunca con Tenuto, pero, en la distancia, Tenuto y yo nos comprendimos enseguida – continuó -.La inteligencia la pondría yo. Y la fuerza, él. Y así fué.
Yo sabía que el Sr. Baldi era un mostrenco a quien la música clásica le producía la misma emoción que un solo de flauta dulce podría producirle a un Búffalo en plena estampida por las llanuras del Africa subsahariana. Pero sabía también que su nombre aparecía en la lista de protocolo del Teatro Forrest de Filadelfia en el que iba a representarse ”Tristán e Isolda” la ópera de Wagner de la que, sin ninguna duda, Baldi debía pensar que se trataba de un dúo de cantantes procedentes de algún país raro de Europa. Pero yo estaba seguro de que nuestro querido director no perdería la ocasión de pavonearse en el hall del Forrest pensando que todo, todo el mundo, admiraría la presencia del Director de la Cárcel de Holmesburg, el mas grandioso y admirable cargo que se podía ostentar sobre la tierra.
Naturalmente, la noche elegida para nuestra fuga fué la misma en la que se estrenó la ópera. Y, oh casualidad, la tarde anterior los guardianes recibieron una caja del ron Monimusk Añejo 23 años, uno de los mejores rones de Jamaica , caja que, naturalmente, yo había hecho que les mandaran de mi parte desde la Oficina Regional de Redención de Presos del Condado de Montgomery, en donde mi hija trabajaba como animadora.
A partir de la medianoche, los guardianes estaban ya borrachos perdidos. Y, a esa hora, en el Teatro Forrest, el moribundo Tristan se encontraría esperando a su amada Isolda para, finalmente, exhalar el último suspiro en sus brazos, mientras que el Sr.Baldi – estoy completamente seguro – roncaría en su butaca, no como un caballero en el Palacio del Rey Marke, sino como lo que era, un cerdo analfabeto incapaz de comprender el dolor de los personajes wagnerianos y, mucho menos, de imaginar la trama que Tenuto y yo habíamos organizado para huir.
En aquel momento, Willie hizo una pausa, como si volviera a la realidad del Coco Palm Beach. Yo aproveché la ocasión para preguntarle por dónde se había fugado.
Por la puerta principal – me contestó sin la menor emoción en su voz.
El Sr. Baldi – le recordé yo - te dijo una vez que si intentabas fugarte por la puerta principal te fusilaría.
Por eso lo hice – explicó con la misma la misma tranquilidad con la que respondía aquello de que robaba en los bancos porque allí estaba el dinero.
¿Y el guardián no te detuvo?
No, porque yo, en tres minutos, le hice ver lo miserable de su existencia y, al comprobar que el ron comenzaba a subirse a la cabeza de aquel chorlito, le pedí que hiciera la vista gorda. Con lágrimas en los ojos lo único que me dijo fué que, por favor, no armara mucho ruido y que me acordara de él cuando estuviera en la calle y fuera rico de nuevo. Así que Tenuto y yo traspasamos la famosa puerta sin ningún problema mientras el lloroso vigilante nos daba las buenas noches. Al alejarnos oímos la dulce voz del guardián tarareando una vieja cancioncilla irlandesa que debió enseñarle su abuela.
¿Y los demás vigilantes?
Como ya te dije – continuó Willie – de la fuerza se encargaría Tenuto. Y eso hizo. Reunió a los cuatro vigilantes de guardia y les dió a elegir entre terminar sus días en la gigantesca lavadora del penal o tomarse unas copas con él en su propia celda. Y, naturalmente, los funcionarios, que conocían su historia, aceptaron el convite, convite que acabó con los cuatro guardias esposados entre sí en la celda 204 de la penitenciaría de Holmersburg.
Después de aquello, Willie se puso en pié y se alejó despacito hacia el cuarto de baño. Yo, entonces, volví la vista hacia la playa con la aplastante sensación de que me había quedado sólo otra vez. Pasados unos treinta minutos tuve ya la certeza de que mi amigo no regresaría a mi mesa jamás.
Willie Sutton acababa de huir de mí sin hacer el menor ruido, tal como le había aconsejado el vigilante cuando huyó de la prisión de Holmesburg.
Y, a partir de aquel momento, yo ya no tuve que ignorar los comentarios jocosos de los camareros del Coco Palm Beach, que me creían loco porque algunas tardes hablaba solo. Ninguno de aquellos botarates habría imaginado que, en aquellas tardes tan locuaces, mi interlocutor había sido siempre mi amigo Willie Sutton, uno de los más grandes y astutos estafadores de los Estados Unidos de América. Y que las historias que me contaba eran las más fascinantes y originales que uno se pudiera imaginar.