RESPIRANDO EN EL MUNDO

Capítulo II. El Golfo de los Poetas

Hacía mucho tiempo que yo deseaba realizar un programa sobre los poetas románticos ingleses, no tanto con la idea de tratar su poesía, empeño casi imposible para un solo capítulo de la serie de televisión “El arte de vivir”, sino para dar a conocer parte de las ajetreadas vidas de sus dos más significativos representantes: Byron y Shelley.
Una tarde, después de haber rodado unos planos en la ciudad italiana de Pisa para un programa sobre los etruscos, me acerqué hasta el pueblecito costero de Lerici, en el Golfo de la Spezia. Cuando llegué, anochecía sobre aquella bahía llena de sugerencia literarias. Subí hasta el Castillo e imaginé unas velas perdiéndose en el horizonte marino. ¿Las velas del Ariel, el velero de Shelley? ¿ O las del Bolivar, el velero de Byron? Yo sabía que aquella parte del Golfo de La Spezia era conocida también con el nombre turístico de “El Golfo de los Poetas”, pero a mí no se me había ocurrido nunca relacionar ese nombre con un posible programa de televisión como el mío, que no era, por supuesto, un programa de viajes. Sin embargo, sentado allí arriba, sobre la muralla semi derruida del castillo, pensé que el mismo “flash back” que yo realizaba en aquel momento sobre la época italiana de los poetas y, sobre todo, del naufragio en el que murió Shelley, podía ser el hilo conductor de un capítulo que, además -¿por qué no?- podría tomar el nombre de aquel maravilloso escenario y llamarse, también, “El Golfo de los Poetas”. Y así fué. A mi vuelta a Madrid encargué a Jose´Mª Fernández Mejorada, uno de mis apreciados documentalistas de “El arte de vivir”, que dirigiera toda la investigación sobre esta limitada pero sugestiva época italiana de los poetas románticos ingleses Percy Bysshe Shelley y George Gordon Noel, Lord Byron.
Poco tiempo después, Jose Mari me presentó la documentación preliminar y me dijo con su habitual humildad que casi toda aquella información había sido sacada del libro de Trelawny “Los últimos días de Byron y Shelley”. Aquello no era completamente cierto, pues me dí cuenta enseguida de que, tomando un camino más arduo, Jose Mari se dedicó a indagar, sobre todo, en las numerosísimas cartas que se cruzaron los componentes de aquel variopinto grupo de ingleses viajeros. Pero aprecié su gesto. Jose Mari era así, discreto, callado, responsable y eficaz. Supongo que seguirá siéndolo. Y, para colmo, se parecía a Shelley: Era “ la frágil Forma” con la que se autodefine Shelley en su Elegía por la muerte de Keats. Toda su conducta – voy a repetir lo que uno puede encontrar en cualquier biografía del Poeta - estaba llena de “una gentil y cordial bondad que avivaba su trato, llenándolo de afecto y simpatía”.
A los pocos meses, ya estábamos rodando en Pisa, en Roma, en Florencia, en Livorno, en Bagni di Luca, en Lérici. Y es en este pueblecito de La Spezia en dónde comienza nuestro relato.
Siguiendo las indicaciones literarias y pictóricas sobre la cremación del cádaver de Shelley, pedí al equipo de producción de la Tele que organizara una gran hoguera en la misma playa de Lerici en la que apareció el cadáver a los diez días del naufragio del Ariel. Yo deseaba que el programa titulado “El Golfo de los Poetas” comenzara con unas crepitantes llamas a través de las cuales se viera el mar de La Spezia, ese mar celoso que se quedó con la vida del Poeta. La imagen resultó de una fuerza poética extraordinaria, seguramente, la misma fuerza poética que varios testigos de la verdadera cremación sintieron aquel día de agosto de 1822 en el que se incineró el cuerpo sin vida de Shelley:
“La llama que se alzaba desde la pira funeraria poseía una insólita belleza. El día era hermoso. El Mediterráneo, lúcido y manso, acariciaba la costa como si quisiera hacer las paces con ella. La arena amarilla y el cielo azul ofrecían un intenso contraste. Las montañas de mármol tocaban el aire con su frescura, y la llama se alzaba hacia los cielos amplia y enérgica, cimbreándose con un brillo de inconcebible hermosura. Diríase que contenía la vidriosa esencia de la vitalidad, y cabía esperar que albergase en su interior un rostro seráfico ( el de Shelley ) que se volvía por última vez antes de su partida para agradecer a sus amigos que hubiesen cumplido con su deber” Leigh Hunt “Autobiografía”.
Unos viejos marineros de Lerici, sus rostros acorchados por el tiempo y la brisa marina, nos observaban desde el paseo cercano sin decir una sola palabra. Inmóviles, como si la ociocidad los hubiera clavado allí, permanecieron atentos al rodaje hasta el atardecer. Seguramente esperaban algún acontecimiento especial ante las cámaras, algo que justificara la consunción de la hoguera. Pero, naturalmente, no pasó nada más. Quizás por eso, cuando desmontamos la cámara, uno de ellos se acercó a mí y me preguntó si estábamos rodando una película. Como esta pregunta no era nueva en nuestro largo devenir televisivo, le contesté maquinalmente que sí y me quedé silencioso unos segundos esperando la inevitable pregunta:
-Y ¿no hay actores?
Yo llevaba bajo el brazo el libro “The World of the English Romantic Poets” de John Purkis. Lo abrí y le mostré la reproducción del cuadro de Louis-Edouard Fournier que, en blanco y negro, reproduce la escena crematoria del cadáver de Shelley. El viejo se quedó mirando la composición durante unos segundos y, luego, sin separar la vista del libro, señaló con el dedo el cuerpo de Shelley sobre la pira y me preguntó quién era aquel hombre.
Shelley, un poeta inglés.- le contesté
¿Turista? –
Dudé un momento. Luego, comprendí que iba a ser muy difícil dar una explicación medianamente creíble de toda la parafernalia del rodaje y, mucho más, resumir en cuatro palabras la personalidad de Shelley. Así que respondí sin más:
Sí, un turista que se ahogó en esta bahía hace ya muchos años.
Se quedó callado, pensativo. Y, cuando creí que ya había acabado todo, oí que el viejo marinero decía en voz baja:
- Ah, l’Inglese malincolico. ¡Poverino!
Más tarde, me enteré de que algunos paisanos de la región llamaron así a Shelley, “el hombre delgado que se sentaba, siempre solo, en los acantilados de Lerici con la mirada melancólica perdida en el mar “.

Pero describamos el cuadro de Fournier que yo acababa de mostrar al viejo marinero de La Spezia:
En primer término, a la derecha, el cadáver de Percy Bysshe Shelley arde sobre un montón de troncos humeantes a sólo unos metros de la orilla. El cadáver aparece completamente vestido de negro e, incluso, calzado con botas, aunque esto es una licencia del pintor, pues se sabe con certeza que los cuerpos de Shelley y de su amigo Williams aparecieron dias después del naufragio completamente desfigurados y con sus ropas hechas jirones.
Al fondo, el mar, naturalmente. Y a la izquierda, ocupando toda una mitad del cuadro – la otra mitad la ocupa en solitario la pira funeraria - se encuentran los asistentes a la cremación: Byron, elegantemente vestido, capa, botas altas, camisa blanca, mira hacia el horizonte por encima del cadáver de su amigo Shelley “No repitais esto conmigo. Dejad que mi esqueleto se pudra allá donde caiga”. Al lado de Byron aparece un caballero que se toca la barbilla con su mano izquierda y que contempla el cadáver con gesto de profunda tristeza y, a la vez, de filosófica incredulidad. Por lo que él mismo cuenta de esa ceremonia, se trata de Trelawny, el más empeñado biógrafo de la época italiana de Shelley, el que rescató de los rescoldos el corazón intacto del Poeta y recogió, luego, sus cenizas. A su lado, otro personaje destacado en la escena mira hacia el suelo, apesadumbrado. Es Leigh Hunt, editor y amigo de todos . Al fondo, junto a la carroza en la que posiblemente han llegado los caballeros, un grupo de pescadores y otras gentes de los pueblos cercanos muestran, arrodillados y descubiertos, su respeto y su pesar. A lo lejos, asoma el Castillo de Lerici.
Este cuadro es el retrato de un final, no sólo del final de Shelley, sino tambien de la aventura italiana de los poetas románticos ingleses.
Nosotros, para no retroceder demasiado en el tiempo, colocaremos el principio de esa historia en el año 1818, al año de la llegada de Shelley a Italia.
El Poeta ha cumplido veinticinco años y acaba de abandonar su Inglaterra natal dejando una estela de episodios no demasiado felices:
En marzo de 1811 la Universidad de Oxford lo había expulsado de su seno por haber escrito una tesis titulada “ La necesidad del ateismo”. A pesar de su enunciado, esta tesis no niega la existencia de Dios, sino la posibilidad de su demostración racional. Pero, como las instituciones religiosas no salen bien paradas en esos escritos, se desató el escándalo y Shelley fué condenado por esa sociedad puritana que el Poeta define como una tumba pestilente de la que algún día pueda surgir “un Fantasma glorioso que ilumine nuestros tiempos convulsos”.
Esa expulsión de la Universidad hace daño a Shelley e irrita a sus amigos. Dice Byron: “Echaron a Shelley, el mejor y más benevolente de los hombres. Lo echaron de Inglaterra como a un perro rabioso por haberse atrevido a cuestionar un dogma. El hombre sigue siendo la misma bestia rencorosa que en el principio de los tiempos, y si el Cristo al que veneran apareciese de nuevo, volverían a crucificarlo.”
Ese mismo año de 1811, el niño bien de Oxford se casa – nadie sabe por qué – con una muchacha de origen humilde llamada Harriet Westbrook. Tres años después conoce y se enamora de Mary Godwin Wollstonecraft, hija de un filósofo liberal.
A partir de ese momento, las cosas no funcionaron bien para la jovencísima Harriet que debió verse superada por el liberalismo moral de su marido, por sus múltiples enredos, que no comprendía, y que la habían llevado, por ejemplo, a realizar “ménage a trois” precisamente con su contrincante Mary Godwin.
El caso fué que la pobre Harriet, en la más absoluta soledad, se suicidó en 1816 sin haber comprendido, ni de lejos, a su extraño marido. Acababa de cumplir veintiún años.
Ese extraño marido, sin embargo, había encontrado ya en Mary Godwin a la que se convertiría en su compañera inseparable durante toda su vida. Y se casan en diciembre de ese fatídico año de 1816.
Desde este momento , nosotros llamaremos ya a la mujer de Shelley, Mary Shelley, como es costumbre en casi todos los textos. Y no olvidaremos que la tal Mary Shelley, aparte de ser conocida como la esposa del poeta, es también la autora de la famosa novela“Frankenstein”, novela escrita, como se sabe, a impulsos de una curiosa apuesta: comprobar quién de todos los componentes del grupito escribía el mejor relato de terror. Ganó Mary. Fué la única que acabó el trabajo.

Con Mary aparece Shelley en Italia, que es, como ya hemos dicho, donde verdaderamente comienza este capítulo.
A la vista del ajetreo mujeriego de Shelley, uno diría que son infundados los comentarios sobre una posible tendencia homosexual del poeta. O todo lo contrario. Bueno, de eso trataremos también más adelante. Ruego esperar un poco.
Cuando Shelley llega a Pisa, se queda un poco desilusionado. La ciudad le parece grande y desagradable, y los italianos gente un poco miserable, sin sensibilidad, imaginación ni entendimiento. Un poco duro ¿no?. Pues esto es lo que le escribe a su amigo Thomas Peacock y a su suegro, el señor Godwin. Lo dice Trelawny. Uno ni quita ni pone.
Claro que, en cuanto comienza a viajar por Italia, la cosa cambia. Florencia le deja fascinado: Es la ciudad más hermosa que he visto nunca. Desde el viejo puente que cruza el Arno, la vista es la más animada y elegante que yo hubiera podido imaginar.
Bueno, supongo que subiría hasta la colina en la que se encuentra la Basilica de San Miniato al Monte, una colina desde la que nosotros hemos rodado muchas veces porque se consiguen, si lo permite la niebla, unos estupendos planos generales. En cuanto uno se coloca en esas alturas le vienen a la mente palabras como las que Mújica Lainez puso en boca de Pier Francesco Orsini, Duque de Bomarzo, en su novela homónima: “Al avistar Florencia, las lágrimas, agolpadas en mis ojos, la convirtieron en un lugar distinto de cuanto yo conocía, acaso en una de esas vagas poblaciones de las leyendas que yacen sepultadas en lo hondo de los lagos y del mar, porque las lentas nubes grises pasaban sobre ella y sobre sus cúpulas y sus campanarios, sobre la reverberación de sus palacios y de sus pórticos y la adivinada lámina del Arno, como si fueran cetáceos enormes que flotaban en la acuática irisación de mi llanto, sobre la paz letal de la ciudad hundida. Sólo cuando las campanas empezaron a tañer, dialogando, y un ancho vuelo de golondrinas se desplazó encima de los muros, como una mecida oriflama, me convencí de que Florencia se desperezaba, densa de gente y de pasión, y de que en ella me aguardaba la vida con sus armas prontas”.
Yo había colocado este texto en un programa dedicado al Parque Sagrado de Bomarzo y, por lo tanto, a su creador en el siglo XVI, el desdichado, deforme y atormentado Pier Francesco Orsini, quien levantó cerca de Vitervo, en Italia, el pétreo mundo de monstruos de Bomarzo como un siniestro refugio para sus propios fantasmas interiores.
“Voi che pel mondo gite errando, vaghi
Di veder meraviglie alte e stupende,
Venite qua, dove son faccie horrende,
Elefanti, leoni, orsi, orchi et draghi;”

La primera impresión de Shelley al llegar a Florencia, como le ocurre hoy día a cualquier sensible viajero, debió parecerse mucho a la que Mújica Lainez atribuye a Orsini, el noble vecino de la Edad Media: “ Y se sentía el arte también, la presencia permanente, vital, del arte. Los rostros, los ademanes, se transfiguraban en esa atmósfera, como si requirieran el fondo familiar de las pinturas o el modelado del mármol y del bronce para destacarse con intensidad propicia”. Así que, a un poeta como Shelley que ya había escrito “Alastor o el espíritu de la soledad” y que, por lo tanto, había creado un sensible socias del que nos podemos fiar con toda tranquilidad, se vió de pronto sorprendido por el esplendor magnífico de una ciudad como Florencia. Debió sentir cómo la emoción se introducía irremediablemente en su espíritu y cómo Alastor, el joven poeta solitario que él había creado, le cogía de la mano y le llevaba por los bellísimos vericuetos de la historia qué él sólo había podido disfrutar en su fantasía.
Y ahora intentemos, a través de fiables descripciones de sus allegados, definir el aspecto físico y la personalidad de ese Shelley que, con veinticinco años, llegó a Italia en 1818.
Comenzaremos con E.E. Williams, el guapo joven, artista y ex-soldado que murió con él en el naufragio, y en cuya casa se conocieron Shelley y Trelawny. En una carta de E.E. Williams a Trelawny, Wiliams dice: “Shelley es ciertamente un hombre de asombroso genio, extraordinariamente joven, de maneras agradables y cordiales, pero lleno de vida y sentido del humor. Su dominio del lenguaje y la facilidad con la que habla sobre asuntos, generalmente abstrusos, resultan sobrecogedores. Dicho de otro modo, su conversación normal es casi poética, pues tiene una visión sumamente grata y singular de todas las cosas”.
No es raro que, ante tal descripción, Trelawny el aventurero, el pirata, el turbulento personaje, el buscador de emociones a través de medio mundo, se muriera de ganas de conocer al joven Percy. Está muy lejos de suponer que este encuentro va a cambiar el rumbo de su errática vida. Porque Shelley – y tambien Byron - producen tal flechazo en el insatisfecho personaje que, derribado de sus fantasías por el rayo de la inteligencia, comienza a vivir, subyugado y sumiso, a la sombra de esos dos grandes poetas del Romanticismo. Inmediatamente, Trelawny se convierte en el gran compañero de ambos, un poco servil, es cierto, pero con la dignidad de quien reconoce la superioridad intelectual de sus nuevos amigos. Aquel hombre inquieto valora y disfruta de la compañía que le depara el destino. Y, como si deseara pagarles de alguna manera ese inmenso bien, proporciona a sus admirados genios, sobre todo a Shelley, la ración de mundo real que les faltaba a ambos. Incluso después de la muerte de Shelley y de Byron, Trelawny rinde un último servicio a su memoria y escribe un amplio, entrañable y sincero documento del que ninguno de los escritores posteriores a él podemos prescindir. Me refiero a “Memoria de los últimos días de Byron y Shelley”. Así que, sirvámonos de él, una vez más, y traigamos aquí el relato de su encuentro con Shelley, relato que nos sirve para mejor dibujar genio y figura del Poeta:
“Shelley entró majestuosamente, ruborizándose como una muchacha, alto y delgado, y me ofreció las dos manos. Y, aunque al mirar aquel rostro ruborizado, femenino e ingenuo apenas podía creer que se trataba del Poeta, respondí a su cálido apretón de manos con idéntica calidez. Tras el habitual intercambio de saludos y cumplidos, tomó asiento y escuchó con atención. Yo estaba mudo de asombro: ¿era posible que ese joven imberbe de aspecto dulce fuera el monstruo que estaba en guerra contra el mundo entero, excomulgado por los Padres de la Iglesia, privado de sus derechos civiles por decreto del Lord Canciller, despreciado por su familia y denunciado por los sabios rivales de nuestra literatura como fundador de una escuela satánica? No podía creerlo; debía tratarse de una broma. Vestía como un muchacho, una chaqueta negra y unos pantalones que parecían venirle pequeños o que su sastre, como es costumbre, había escatimado al tomar las medidas. La señora Williams advirtió mi confusión y con intención de ayudarme le preguntó a Shelley cuál era el libro que llevaba en la mano. El rostro de éste se iluminó y respondió con brío.
El mágico prodigioso de Calderón de la Barca. Estoy traduciendo algunos pasajes.”
He extendido la cita anterior hasta este pasaje para que se vea el amplio interés intelectual del poeta romántico, interés que incluía - por raro que parezca, pues Shelley sabía muy poquito español - a escritores de nuestra Edad de Oro.
Pero, sigamos con la descripción de ese Shelley aureolado por “una sencillez infantil, la simplicidad de un verdadero genio, una filantropía ilimitada, una exquisita sensibilidad, un inextinguible afán de conocer, y la impávida y casi imprudente obsesión de conocer la verdad”.
El pesadísimo primo de Shelley, Thomas Medwin, convertido en su primer biógrafo, detalla, menos melosamente que Trelawny, el aspecto físico del poeta en Italia:
“ Habían pasado casi siete años desde nuestro último encuentro y, sin embargo, lo hubiera reconocido inmediatamente incluso mezclado en una muchedumbre. Su delgada figura se había encorvado un poco a causa de la miopía que la obligaba a inclinarse sobre los libros hasta llegar casi a tocarlos con los ojos; sus cabellos, todavía abundantes y con rizos naturales, eran en parte grises, marchitados por el otoño de un extraño sufrimiento, como dice el propio Shelley de su Alastor. Su aspecto, empero, resultaba juvenil, y su rostro, serio o animado, transmitía la impresión de una profunda inteligencia. Constantemente ocupado en la lectura o en la composición, concedíase, apenas, el tiempo necesario para hacer un poco de ejercicio y airearse; llevaba siempre un libro consigo (...); leía por la calle, por el muelle, por todas partes, y de la mañana a la noche (...). Era, en verdad, un infatigable estudioso. Prefería el estudio al alimento o al descanso. Tan poca importancia le concedía a tales cosas que, algunas veces, preguntaba: ¿He cenado, Mary?.”
Y, para acabar el retrato ¿por qué no reproducir las palabras que el propio Shelley dice de su admirado Keats, pero que son como lineas que le dibujan exactamente a él:

“Entre otras figuras, llegó una frágil Forma,
como un aparecido entre los hombres;
como la nube última de una tormenta
que expira con el toque fúnebre de un relámpago.
Había contemplado la hermosura de la Naturaleza,
como hiciera Acteón, y, luego, se perdió por ella,
pisando con desmayo las junglas de la tierra,
mientras, a lo largo de tan duro camino,
le perseguían sus pensamientos como feroz jauría.

“Un Espíritu ágil y hermoso como un leopardo,
un Amor disfrazado de Angustia,
un Poder de aparente flaqueza (....)
Una mortecina llama,
una lluvia pasajera, una ola
que se rompe en la orilla...”

¿Para qué seguir? Con tales palabras ya podemos hacernos una idea aproximada del personaje.

Desde su llegada a Italia, los Shelley luchan a brazo partido para construir – o mejor dicho, encontrar - el paraiso soñado desde Inglaterra. Vagan de una a otra parte del pais en busca de una casa, un paraje, un entorno ajustado a sus preconcebidas ideas.Y, poco a poco, como suele pasar a menudo, la realidad ajusta las cosas, y es la fantasía literaria de ambos escritores la que rellena los huecos de innumerables carencias.
Aquel grupito familiar compuesto por la autora de “Frankenstein”, por un ensimismado poeta lleno de deudas, y por los niños William y Clara, hijos de la pareja, se paseó por Italia como si anduviera perdido en un museo.
Mary, con un gran sentido práctico, leía Torcuato Tasso y buscaba argumento para una nueva novela, mientras que Shelley, otro que tal, traducía en diez días, como el que no quiere la cosa, “El banquete” de Platón. A todo esto hay que añadir unos idílicos paseos por románticos bosques, evitando, en todo lo posible, la presencia de los lugareños italianos a quienes, por tratarse de los descendientes de la fascinante Roma Antigua – y posiblemente sólo por eso - dedicaban una residual y siempre interesada atención. Las noches de aquellos dos seres de otro mundo se reservaba para hablar incansablemente de literatura o para escribir cartas a sus amigos ingleses: Hogg, que también había sido expulsado de Oxford por la misma causa por la que expulsaron a Shelley; Peacock, los Gisborne, etc .
Pero, en aquellos deliciosos días mediterráneos, y a pesar de tan intensísima actividad espiritual, sobre la pareja revolotea la desgracia.
Con las muertes de sus hijos Clara y William, Mary y Percy sufren una intensa desavenencia matrimonial, el dinero escasea ( las obras de Shelley no encuentran editor ) y, para colmo o , quizás, como consecuencia de todo eso, la salud del poeta se deteriora. Y, sin embargo, la obra literaria del escritor crece como impulsada por una luminosa conciencia de falta de tiempo.
En 1820, con veintiocho años, Percy Bysshe Shelley ha escrito ya la mayor parte de su obra, y es también en ese año cuando inicia una exquisita correspondencia con Keats, el jovencísimo poeta a cuya muerte, ocurrida un año después en Roma, dedica Shelley su Adonais. Según dicen, en un bolsillo de la ropa que aun conservaba el cadáver de Shelley, se encontró un volumen de poemas de John Keats. Sean ciertas o no, anécdotas como ésta se van transmitiendo de uno a otro biógrafo y, por hermosas, se quedan en la historia.
Fíjense en este fragmento del Prefacio de Adonais:
“El genio del llorado poeta, a cuya memoria he dedicado estos humildes versos, era tan delicado y frágil como hermoso. Y no es de extrañar que allí donde abundan los gusanos – se refiere al mundo, claro – su joven flor se agostara cuando todavía era capullo”. Esa admiración enamorada es el arma que blande Shelley para defender a su amigo de la crítica despiadada que aceleró su muerte. “...esos miserables – los críticos – no saben lo que hacen. Arrojan sus insultos y calumnias sin tener en cuenta dónde se clava el dardo envenenado, si en un corazón ya endurecido por los golpes o en otro, como el de Keats, hecho de materia más penetrable.”

Lloro por Adonais y lamento su muerte.
Llorad por Adonais aunque con vuestras lágrimas
no derritais la escarcha que aprisiona su cuerpo.
Y tú, su Hora amarga, escogida en el tiempo
para llorar la pena, despierta a tus oscuras
compañeras y muestra tu dolor, di conmigo:
murió Adonais, y mientras el futuro no intente
olvidar el Pasado, su fama y su destino
serán eternamente como una luz y un eco.

Y, un poco más tarde, se vale de Urania, la musa protectora de la astronomía, para decir:

“No me dejes tan triste, desconsolada y loca,
como el mudo relámpago deja oscura la noche”,
gritó Urania, y su angustia despertó a la Muerte
que acogió sonriendo su infructífero abrazo.

“Quédate sólo un rato; vamos a hablar de nuevo.
Bésame todo el tiempo que perduren los besos.
Y en mi pecho vacío y en mi mente ardorosa
tus palabras y besos pervivirán, nutridos
de recuerdos tristísimos, a todo pensamiento,
ahora que estás muerto, como si fueran parte
de tí mismo, Adonais. Daría cuanto soy
para ser lo que tú eres ahora. Pero el tiempo
me tiene encadenada y no puedo marcharme.

“¿Por qué, siendo tan bello, chiquillo, abandonaste
tan pronto los caminos que recorren los hombres,
y con débiles manos, mas corazón valiente,
te enfrentaste al salvaje dragón en su guarida?”
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Estos enardecidos versos parecen ir un poco más allá de la admiración literaria. Tienen, sin duda, un sabor de exquisita sensualidad erótica que trasciende cualquier concreta definición. Tras la muerte de Shelley, su viuda Mary se empeñó durante varios años en revisar toda la obra del poeta y suprimir de ella cualquier atisbo de homosexualidad. Autores como John Lauritsen denuncian el “frudulento y equivocado esfuerzo para convertir al romántico y pagano Shelley” – ese Shelley al que habían conocido amigos suyos como Hogg, Peacock y Trelawny – “en un angel victoriano digno de morar entre los dioses de la respetabilidad y los convencionalismos”. Y, naturalmente, todo aquello que pudiera sonar a homo se borró sin el menor escrúpulo de los escritos públicos o privados del poeta. Si hubo alguna tendencia homosexual en Shelley – lo que no resulta en absoluto raro en un espíritu tan delicado como el suyo – la estricta moral de la época se encargó de que las evidencias se desvanecieran entre una niebla de textos literarios equívocos. El resto, según dicen muchos biógrafos posteriores, pudo hacerlo su recta, implacable y vigilante viuda a través de una histérica actividad revisionista que elevaba a su difunto marido a los altares de la pureza hasta tal punto que encargó una escultura de tamaño natural en la que, a modo de “pietá” italiana, se representaba a Shelley como Jesús yaciendo en los brazos de María. Y ni que decir tiene que esa María era, precisamente, ella, Mary Shelley.
Si uno se adentra en las biografías que existen sobre la autora de “Frankenstein” – y sobre todas, la de Muriel Spark – uno comprende muchas cosas relacionadas con aquella insatisfactoria relación matrimonial y se alegra de que el sensible Shelley encontrara en sus amigos la ternura que, desde luego, ella no le daba.
Louis Crompton, en su libro “Byron y el amor griego”, dice que Shelley fué el único poeta de su tiempo que desafió, tanto en su prosa como en sus versos, las tradicionales costumbres sexuales de Inglaterra. “Su Godwinismo y su profunda inmersión en la literatura griega dieron a Shelley, sobre este asunto, un punto de vista muy diferente al de sus contemporáneos ingleses”. Y comenta, luego, que los estudios de Shelley sobre Platón, tuvieron mucho que ver en la decisión de abordar sin miedo el tema tabú de la homosexualidad. “Lo que inspiró a Shelley y le animó para traducir el “Symposium” fué el excepcional significado del diálogo platónico como un documento social que arrojaba luz sobre la homosexualidad en la Grecia antigua”. Crompton reproduce, también, un fragmento de una carta de Shelley a sus amigos, los Gisborne:

En estos momentos estoy ocupado en traducir la ¨divina elocuencia¨del
Simposio de Platón para ejercitarme o, quizás, para introducir a Maria en las maneras y en los sentimientos de los atenienses, tan diferentes a los de otras comunidades del mundo en infinidad de cosas.(Byron and Greek , love pag 285)

En ese “Discurso sobre las costumbres de los antiguos griegos relativas al amor”, discurso que sirve de prólogo a su traducción de “El Banquete” de Platón, Shelley desliza unas sutiles consideraciones en las que rechaza cualquier acto de “dolor y horror” ( el entrecomillado es mío ) en las relaciones entre hombres, calificando de ridículas y desagradables las concepciones que el vulgo se ha formado sobre este asunto. Se queda, en cambio, con la idea de una delicada relación entre al amante y su amado sin que “nada ultrajase, entre ellos, la modestia natural”. Hay en ese ensayo infinidad de párrafos en los que Shelley expresa su simpatía por
la belleza masculina griega. Sólo la distancia en el tiempo lo ponía a salvo – y no siempre - de las puritanas condenas de sus contemporáneos.
“Los hombres de Grecia correspondían, en forma externa, a los modelos que han dejado como ejemplo de lo que eran. La firme pero fluida proporción de sus figuras, la irresistible franqueza y espontaneidad de sus maneras, la elocuencia de su discurso en un lenguaje que es por sí solo música y persuasión, sus gestos animados al mismo tiempo por la delicadeza y la audacia que proporciona el hábito constante de persuadirse y gobernarse a sí mismos y a los demás, y la poesía de sus ritos religiosos inspirada en todo su ser, convirtieron a la juventud de Grecia en una raza de seres totalmente distinta a la de la moderna Europa. Si mi observación es correcta, la palabra “bello” se aplica más a menudo al sexo masculino, mientras que la palabra “bonito” denota el atractivo de una mujer. Ya haya que buscar la causa en el clima, o en la original constitución de la peculiar raza griega, o en las instituciones y el sistema de la sociedad, o en la acción recíproca de estas diversas circunstancias, tal es el efecto. Y, como consecuencia de esas causas, las personas hermosas del sexo masculino se convirtieron en objeto de ese tipo de sentimientos que, en el presente, sólo se cultivan hacia las mujeres.”
(Traducción: Bel Atreides, en “Ensayos escogidos” de DVD Ediciones)

Para terminar este comentario sobre la actitud de Shelley ante la homosexualidad , comentario que se ha colado aquí sin la menor intención y, precisamente, cuando vamos a hablar de Lord Byron, traduzcamos el texto del “Epitafio para dos amigos”, escrito, según Medwin, para el propio Shelley y para su amigo Williams. Dice así:

Eran dos amigos cuya vida fué indivisible.
  Dejemos, pues, que se fundan, que se mezclen.
Dulcemente, ellos se deslizaron bajo la tumba.
Y ya que sus corazones fueron en vida un solo corazón,
no permitamos que sus cenizas se separen.

Piense cada lector lo que quiera. A mi, particularmente, me gusta recordar aquello de que “todo es puro para los puros”.

En esta etapa italiana, última de su vida, es imposible separar a Shelley de George Gordon Noel, Lord Byron, a quien había conocido en Ginebra en 1816. A pesar de sus enormes diferencias de carácter, ambos poetas se admiraban: “Desespero de rivalizar con Byron, y no hay ningún otro con quien valga la pena competir”, decía Shelley. “Sin excepción – comentaba Byron – Shelley es el mejor y menos egoista de los hombres que jamás conocí. Nunca ví a nadie que a su lado no fuera una bestia”.
Todas estas manifestaciones de admiración y cariño, espigadas en un enorme saco de opiniones, están muy bien, pero, en el caso de Byron, no son del todo creíbles. Porque, así como Shelley era un hombre espontáneo, un ser puro con “tanto conocimiento de la vida real como una niña recluida en un internado”, tímido, sincero e introvertido, el lord, en cambio, vivía encaramado en un escenario teatral, diseñado y construido por él mismo. Desde ese escenario al que llamaba “el mundo” sus palabras producían siempre un eco de ficción. Cuando uno imagina a aquel actor recitando sobre tan artificial estrado, resulta muy difícil saber si Byron sentía las cosas que decía y, mucho más, si decía las cosas que sentía.
Aunque es arriesgado suponer que en el egoísmo de Byron hubiera algún sitio para algo más que esa discreta admiración de la que hemos hablado, lo que sí es cierto es que, por lo menos, el lord respetaba a Shelley, lo que, dado su carácter, ya significaba bastante. Y es que Shelley, precisamente por su “frágil forma”, como se definió a sí mismo en “Adonais”, debía producir una inquietante impresión de la que ni siquiera el espectacular y prepotente Byron pudo librarse. De todas maneras, la relación entre los dos poetas fué siempre estimulante y cordial.
Son tantas las referencias literarias y pictóricas sobre Byron, que es muy difícil resumir. Pero vamos a intentarlo: Byron fué siempre un seductor.
Con o sin éxito, pero un seductor. Con su aire distinguido, el rostro sorprendido por su propio efecto, los ojos entre melancólicos y observadores, la frente despejada bajo un cabello castaño largo y ondulado, el mentón saliente como esperando un beso, tenía pinta para serlo. Y, como seductor, se jugó la vida en todos los aspectos. Su conducta fué un empeño triunfador sin descanso. Dice en Childe Harold:
“Pero he vivido, y no he vivido en vano;
mi mente podrá perder su fuerza, mi sangre su viveza,
y mi ánimo flaquear a la hora de vencer la desventura;
pero hay algo dentro de mí que acabará venciendo
al tiempo y la tortura, y que aún alentará cuando yo muera”

Ese algo, dice más adelante, es como “el eco recordado de una lira muda”. Sí, efectivamente, “el eco recordado de una lira muda” nos habla de un Byron entregado a la vorágine de los placeres (“Yo explotaré la mina de mi juventud hasta los últimos filones”), pero también de un sin fin de dolores disimulados, como la blenorragia, las penurias económicas, su leve cojera ( “La vida es un harapo, indigno de ser vestido por un príncipe; la arrojaré de mí”). Y ese eco nos cuenta, también, el penduleo sexual que lleva al lord desde los brazos de la bella Teresa Guiccioli a los de cualquier muchacho veneciano de ojos azules; y desde estos ojos azules a las caricias de la hermanastra de Mary Shelley, Claire, “una maldita zorra”, con la que en 1817 tiene una hija a la que llama Allegra. “El gran motivo de la vida es la sensación: sentir que existimos, aun padeciendo” – escribe Byron a miss Anne Isabella Milbanke – “Es este insaciable vacío lo que nos empuja a las diversiones, a las guerras, a los viajes..., a la inmoderada, pero intensamente sentida carrera en pos de cualquier fin, cuyo principal atractivo es la incesante actividad para conseguirlo”.
En su libro “El burdel de Lord Byron” Luis Antonio de Villena, tan ameno y documentado como siempre, relaciona con mucha gracia la conducta sentimental de Byron con las palabras de un, creo que imaginario, poeta árabe: “Las mujeres son un deber, los muchachos, un placer; y no hay delicia mayor que los melones”. No queda constancia de que a Byron le gustasen los melones. De lo demás, sí.
Como dijo alguien en el British Critic, la vida de Byron “transcurría entre la poesía, el adulterio y la insurrección”. Todo ello, como ya hemos dicho, con un alto sentido de la puesta en escena, lo que para nosotros, los de la tele, tenía una irresistible atracción. ¿Cómo podía uno sustraerse a la presentación de un Byron entrando al Palazzo Lanfranchi, su residencia en Florencia, rodeado de criados, caballos, monos, gatos, tres faisanes, un bulldog, un mastín, varias gallinas, etc., todo ello sobre cinco llamativos carruajes sacados quién sabe de dónde, pero paseados por Europa como los de un satánico rey o, en apreciación de Trelawny, como los de un Apolo Vaticano?.
En su libro “Imagen de John Keats”, Julio Cortázar dice del atractivo trío literario formado por Shelley, Byron y Keats: “Shelley hace del dolor unas alas de cera; Byron, una jabalina; y Keats, una voz que cieñe las cosas y les da su secreto y verdadero nombre”.

Pero, extenderse aquí sería traicionar la intención de este capítulo. Así que ya no tenemos más remedio que volver a la playa para continuar presentes en el crematorio del cadáver de Shelley. Abandonemos el cuadro de Fournier y continuemos con algún documento literario para reconstruir el momento.
Sin duda, quien mejor describe la escena es, una vez más, Edward JohnTrelawny. De la incineración, dice así:
“Tres estacas blancas señalaban en la arena la tumba del Poeta” – por orden de las autoridades sanitarias Shelley y su amigo Williams habían sido enterrados en la playa el mismo dia en el que aparecieron sus cuerpos – “...tardamos casi una hora en encontrar la tumba. Entretanto, Byron y Leight Hunt llegaron en el coche, acompañados por los soldados y un oficial de sanidad. El grandioso y solitario escenario que nos rodeaba armonizaba tan perfectamente con el genio de Shelley que casi imaginé su espíritu volando sobre nosotros. El mar, con las islas de Gorgona, Capraji y Elba, se extendía ante nuestros ojos. La costa aparecía
jalonada por viejas torres de vigilancia y al fondo las marmóreas crestas de los Apeninos brillaban bajo el sol con sus caprichosos y variados perfiles; no se veía ningún asentamiento humano. Al pensar en el placer que a Shelley proporcionaban estas escenas de soledad y grandeza, me pareció que éramos una manada de lobos o de perros salvajes, desenterrando su mutilado y desnudo cuerpo de la arena amarilla que lo cubría ligeramente para sacarlo a la luz del día; pero los muertos carecen de voz, y tampoco tenía yo fuerza para evitar el sacrilegio, de manera que las labores continuaron en silencio en la profunda y sumisa arena; nadie dijo una palabra, pues los italianos son gentes sentimentales y es fácil despertar su simpatía. Incluso Byron se mostraba silenciosos y pensativo. El ruido seco que siguió al golpe de un azadón nos sobresaltó a todos; el hierro había tocado el cráneo y el cuerpo no tardó en aparecer. Estaba cubierto de barro; eso o la descomposición lo teñían de un oscuro y fantasmagórico color índigo. Byron me pidió que le reservara el cráneo, pero al recordar que antes había utilizado otro cráneo para beber, decidí que el de Shelley no sería objeto de semejante profanación. (...) rociamos el cuerpo de Shelley con más vino del que él había consumido en toda su vida.”- Shelley fué abstemio –“El vino, sumado al aceite y a la sal, hacía que las llamas temblaran y crepitaran. El calor del sol y el fuego era tan intenso que el aire se tornó nebuloso y trémulo. El cadáver se abrió por la mitad, dejando el corazón al descubierto. El hueso frontal del cráneo, acaso alcanzado por el azadón, se partió en dos y, mientras la nuca reposaba sobre la parrilla al rojo vivo, los sesos literalmente bulleron e hirvieron durante largo tiempo, como si se estuvieran cocinando.
Byron no soportó la visión de aquella escena; se retiró hasta la orilla y se fué nadando hasta su barco, el “Bolivar”. (...) El fuego era tan intenso que el hierro de la parrilla se volvió blanco y el cadáver quedó reducido a cenizas.(...) Pero lo que más nos sorprendió a todos fué el hecho de que el corazón permaneciese intacto. Me quemé la mano al rescatar del fuego esta reliquia, y, si alguien me hubiera visto, me habrían puesto en cuarentena. (…) recogí las cenizas y las guardé en una caja, que lleve a bordo del “Bolívar”. Byron y Hunt regresaron a casa, los oficiales y los soldados a sus cuarteles. Yo recompensé generosamente a los hombres por su admirable comportamiento durante los días que pasaron con nosotros. Describo la ceremonia con la misma atención con que la viví”
(Sólo una nota antes de continuar: El corazón de Shelley fué encontrado en la mesilla de noche de Mary, su mujer, cuando ésta murió el dia 1 de febrero de 1851, a la edad de cincuenta y tres años.)

El documento anterior de Trelawny me parece suficiente como para que, con el permiso del lector, retrocedamos en el tiempo ( los tan queridos flash backs de los cineastas) y veamos cómo y cuando se gestó la tragedia.
Como final de su periplo italiano, los Shelley se habían instalado, en una casa llamada Villa Magni, en San Terenzo, un pueblecito de pescadores a dos pasos de Lerici en cuya playa habíamos organizado la pira funeraria de la que ya hemos hablado antes. Lerici forma, con Portovenere en la otra punta, una pequeña bahía. Y esa especie de golfito, al que se ha dado en llamar Golfo de los Poetas, es el que, como pueden ustedes ver, da título al presente capítulo.
Pero, continuemos:
En realidad, Villa Magni nos les gustaba nada a los Shelley. Aunque la casa estaba al borde del mar, era un caserón destartalado y frío sin la menor gracia. La alquilaron cansados de buscar vivienda por aquella región que sí les atraía. Para colmo, tuvieron que compartirla con los William que, aunque buenos amigos, suspiraban por casa propia y tenían, como todo el mundo, sus rarezas. “Jane – escribe Shelley sobre la mujer de Edward William – no es condescendiente con el sistema de las cosas, y suspira por su propia casa y sus cacerolas, sobre las que nadie tiene derecho a quejarse excepto ella. Es una pena que una persona tan bella sean tan egoista. El otro día estaba muy descontenta de su situación aquí, porque alguno de nuestros sirvientes había cogido algo suyo...”, etc, etc. Estas expresiones son pequeñas muestras del nerviosismo que reinaba en Villa Magni, pero no precisamente por las cacerolas. Shelley le tiraba los tejos a Jane, y Mary Shelley, que se encontraba en un pésimo estado de salud, no hacía sino alimentar con su frialdad los jugueteos de su marido. La verdad era que la pareja pasaba una mala racha. No entiendo por qué algunos autores dicen que Shelley vivió allí días felices. No existía la menor razón para ello. Allegra, la hija de Claire y de Byron, una niña a la que los Shelley querían mucho y de la que se habían ocupado infinitamente más que el Lord, acababa de morir, lo que produjo en Mary, debilitada ya por su precaria salud, un profundo abatimiento. Y, como por otra parte, las desavenencias matrimoniales eran muy profundas, el íntimo descontento de ambos se manifestaba en larguísimos silencios que amargaban sus vidas.
Sólo un hecho introdujo un poco de ilusión en el rutinario ensimismamiento del Shelley de aquellos momentos . Fué la llegada del Ariel, el barco encargado algunos meses antes. Mal podía suponer Shelley que aquél iba a ser el barco de su muerte. En “Oda al viento del oeste” el poeta había dicho:
¡Álzame como si fuera ola, hoja o nube,
pues caigo en las espinas de la vida sangrando!”
Se lo decía al viento, pero estoy seguro de que, cuando vió aparecer su velerito, repitió estos versos en voz baja, y añadió con infantil desmesura:
“El peso de las horas encadena y somete
a alguien que es como tú: veloz, altivo, indómito.”
El Ariel era un pequeño velero de ocho metros, pero Shelley
se vió enseguida surcando en peligrosas singladuras un Mediterráneo plagado de evocaciones míticas. Frente a los mapas de viejos y famosos marinos, su imaginación lo llevaría a descubrir silenciosas grutas en las que esconderse para leer a Homero y crear allí su particular Odisea. El Ariel sería su privado refugio en la inmensidad azul de esas aguas de las que emanaba un emocionante hálito de eternidad.
Bueno, pues ese juguete llamado Ariel iba a ser, como el viento del poema, el veloz, altivo e indómito vehículo que lo llevara a la muerte.

En los primeros días de junio de 1822, Shelley había ido a Livorno para tratar con Leight Hunt ciertos asuntos relacionados con la posible fundación de The Liberal, una futura revista de ideas modernas y atrevidas, cuyo contenido pretendía abarcar toda una serie de grandes temas, como la política, la poesía, la crítica literaria, la teología, la moral, etc. Estaba previsto que Byron colaborara también en la revista, pero el encuentro del lord con Hunt, el editor, no fué afortunado, y Shelley, decepcionado, quiso volver enseguida a Lerici. Así que el día 8 de julio de 1822, a las tres de la tarde aproximadamente, el Poeta y su amigo Edward Williams, acompañados sólo por el joven marinero Charles Vivian, se hicieron de nuevo a la mar sin demasiadas precauciones. Para los viejos del lugar el tiempo no presagiaba nada bueno, pero Williams y a Shelley habían decidido salir y, sin atender a razones, salieron. Y, efectivamente, a las pocas horas de aquella temeraria salida, estalló una breve , pero espectacular tormenta sobre la bahía.
Desde aquel momento, Jane y Mary vivieron la larga angustia de la desaparición de sus maridos. Durante seis o siete días el círculo de amigos y, sobre todos, Trelawny, recorrió los pueblecitos de los alrededores en busca de alguna pista del Ariel. Pero nadie sabía nada, nadie había visto nada, de tal manera que, poco a poco, las esperanzas de una arribada forzosa en algún puertecillo cercano o algo por el estilo, se fueron desvaneciendo.
Sin embargo, Mary y Jane deseaban engañarse pensando que los negocios o cualquier otra desconocida causa habrían retenido a sus maridos en Livorno. Y esperaron carta, inútilmente.
Cuando leemos el relato que hace Mary Shelley sobre aquel viaje de negocios, estremece comprobar la lucidez de aquella mujer fría y calculadora a la que Shelley, ya lo hemos insinuado, seguramente ya no amaba:
“Nos dejaron el 1 de julio. Si un mal presagio ha oscurecido alguna vez el momento presente, eso fué lo que sentí cuando se marcharon. Desde que llegamos a Lerici un intenso presentimiento de inminente desgracia se había instalado en mi mente, ensombreciendo este hermoso lugar y el espléndido verano con su advertencia de futura desgracia; yo había luchado en vano contra estas emociones, que parecían provocadas por mi enfermedad, pero en el momento de la separación regresaron con renovada violencia. No es que presintiera que ellos estaban en peligro, sino que una vaga intuición del mal me dejó sumida en la agonía y me costó mucho dejarles marchar. Era un día claro y sereno; a las doce, cuando empezó a soplar la brisa, zarparon rumbo a Livorno. Recorrieron las cincuenta millas en siete horas y media. (...) Pasaron una semana en Pisa y Livorno. La falta de lluvia se dejaba sentir con fuerza en todo el pais. El clima era bochornoso. Me dijeron que Shelley estuvo de excelente humor todos esos días. Poco antes de eso, hablando del presentimiento, le había confesado al único hombre que siempre le pareció infalible- ( Peacock? )- que cuando se sentía especialmente alegre ocurría alguna desgracia inesperada. Si el destino susurró o no en algún momento el desastre venidero, lo cierto es que aquel pronóstico, inaudible pero presentido, se cernía sobre nosotros. La belleza del lugar parecía sobrenatural de tan excesiva; alejados de cualquier indicio de civilización, con el mar a nuestros pies, su rumor o su rugido siempre en los oidos...todo ello hacía que la mente se empeñara en rumiar extraños pensamientos y, al apartarse de la vida cotidiana, dotaba a ésta de una cualidad irreal. Una suerte de hechizo nos rodeaba y, cada día, al ver que los viajeros no regresaban, crecía nuestra inquietud, pese a lo cual, por extraño que parezca, no temíamos el peligro más evidente.
El hechizo se rompió; el intervalo de agónica incertidumbre – de dias transcurridos en penosas expediciones para obtener noticias, de esperanzas que se fortalecían aunque a medida que pasaba el tiempo carecían más y más de fundamento – dió paso a la certeza de la muerte, que eclipsó para siempre la felicidad de los supervivientes.”

El dia 18 de julio, o sea, diez días después de la partida de Livorno, dos cadáveres aparecieron en la costa, cerca de Viareggio. Eran los cadáveres de Shelley y de William, comidos por los peces, casi irreconocibles.
E, inmediatamente, según obligaban las autoridades sanitarias, los cuerpos fueron enterrados en la misma playa para, más tarde, ser desenterrados e incinerados allí mismo, como evoca el cuadro de Fournier que ya hemos descrito al principio del capítulo.
A los pocos días de aquello, las cenizas de Shelley fueron enterradas en el cementerio protestante de Roma. Y, como ese cementerio se encuentra situado junto a unas viejas murallas romanas, el cofre con las cenizas del Poeta fué depositado, precisamente, junto a la supuesta tumba de Cayo Cestio.

Y esto es todo. El Golfo de los Poetas ha cambiado bastante desde entonces. El rodaje de este capítulo de la serie se extendió a diversos puntos de la costa para reconstruir algunos itinerarios poéticos de Shelley. Y, conforme avanzaba el rodaje, me iba pareciendo natural que, tanto Shelley como Byron, hubiesen encontrado la muerte en el Mediterráneo. (Recuérdese que Byron murió en Missolonghi, Grecia). Así que, cuando realicé la presentación del programa desde el Castillo de Lerici, dije que aquellos jóvenes poetas ingleses habían viajado hasta el Mediterráneo porque el clasicismo griego y romano los había llamado. Yo sentí sus presencias. Y la cámara captó algo especial en la bahía de la Spezia.
Los rótulos de salida de este capítulo no llevaron música. Los siguientes versos de Shelley, dichos con la melodiosa entonación de siempre por José María Martín, fueron la mejor banda sonora para “El Golfo de los Poetas”. Sólo me permití una leve, pero significativa modificación: Donde decía Adonais, puse Shelley. Y así quedó. Estoy seguro de que a él le habría gustado esta pequeña licencia:

“Todo lo que Shelley lloró y convirtió en idea
- color, aroma, forma, sonido melodioso -
lloró por él.
La mañana buscó su oriental atalaya,
su pelo suelto y mojado por lágrimas
empañó sus ojos aéreos,
esos ojos que iluminaban el día como soles.
Y, lejos, gimió el trueno de la melancolía,
el Océano pálido dormía un sueño inquieto
y los vientos bramaban, llorando desolados.”


(Adonais. Canto XIV. Sobre una traducción de Juan Abeleira y Alejandro