Respirando en el mundo.

Capítulo III. La Inquisición.

“Este tribunal, convertido en letrina donde todas las bajas pasiones, las vilezas, las villanías, las intransigencias y las miserias hallaron lugar, retrasó el progreso de Europa, convirtió a los hombres en viles esclavos y, juzgándose órgano predestinado de la verdad, aun a sabiendas de que nada representaba en el orden divino, aprovechó su poder omnímodo - tan omnipotente que, al decir de Fray Luis de León, su solo nombre inspiraba terror - en órgano encubierto de maldad, de vicio, de soborno, de venganza y de odio, y sus procedimientos representaron en las páginas de la historia el retroceso al terror de las épocas más repugnantes de la humanidad” Cuando me llegó la noticia de que en Florencia iba a inaugurarse una gran exposición1 sobre los instrumentos de tortura utilizados por la Inquisición a través de varios siglos, yo estaba escribiendo el último acto de una comedia musical para televisión, titulada “Auto de fe”. En el guión de esa comedia incluí una minuciosa información especialmente dirigida a decoradores, sastres y ambientadores. Entre otras fuentes, me fué de gran utilidad la obra de Enrique Larreta “La gloria de Don Ramiro”, en la que pueden encontrarse infinidad de detalles sobre los autos de fé.
Y aquella parte de la comedia, concretamente un ballet, quedó así:
Plaza de Zocodover. Ext / Día
Siglo XVI. Toledo. La plaza presenta un impresionante aspecto. Todos los vecinos aparecen vistiendo ropas oscuras, tristes, de luto. El ambiente es tan especial y raro que si, como dice Voltaire, hubiese llegado en ese momento un asiático a la plaza, no sabría si la ceremonia que allí se celebraba se trataba de un festival, un acto de liturgia religiosa, un sacrificio, o una matanza. Y es que, en aquel encuentro, había un poco de todo.
Quiero – dice el guión – que este número de ballet evidencie la conducta de quienes fueron crueles y despiadados con sus semejantes, y que se ponga de manifiesto la infinita inmisericordia de esos actos que se realizaban en nombre de Dios.
“La plaza está repleta de gente. En el lado de poniente se levanta el enlutado cadalso, junto al cual hay un estrado para acomodar a los componentes de la Santa Inquisición, al Cabildo, a la Nobleza, a los Dignatarios y a toda la Clerecía.
Y sigue la descripción:
De pronto, crece el griterío. Es como un clamor siniestro, una risa diabólica que recorre la plaza como un latigazo. Y es que por una de las calles ha aparecido la procesión de los penitentes, que llega a la plaza.
El primer lugar van los soldados de la fe, después doce clérigos de la Parroquia de San Vicente con su estandarte al frente. Y, tras ellos, montados en oscuros corceles y vestidos de luto, pero cubiertos de joyas, los Grandes de España y Títulos de Castilla.
Más atrás, van los penitentes arrepentidos, aquellos que, ante el horror de la tortura, han abjurado de sus errores (Nota especial para maquillaje y atrezzo: Estos deben aparecer con los pechos desnudos y heridos por los latigazos, y deben llevar en sus manos grandes velones amarillos, signos delatadores de su conducta). Tras ellos, los fámulos del Tribunal portan, suspendidos en largas varas, unos grotescos muñecones, cuyos oscilantes movimientos simulan, burdamente, el pataleo de los ahorcados.
Y, por fin, aparecen los que han de morir. Entre ellos, vemos a María, la protagonista de la comedia. Cada uno de estos reos va acompañado por los cuatro soldados que los custodian, por dos familiares del Santo Oficio y por un par de frailes dominicos que predican sin cesar blandiendo crucifijos en el aire como en un desafío a espadas.
Para mayor oprobio, los reos tienen que soportar sobre sus cabezas unos ridículos bonetes burlescos, y, sobre sus pechos, unas corazas amarillas en las que se han pintarrajeado toda clase de insultos y algunos toscos dibujos que simbolizan la gravedad del delito y la importancia de la pena de cada uno.
(Atención, Sastrería: La actriz que represente a María, condenada por la pena más grave, mostrará en el gorro y en el saco o sambenito una figura retorciéndose entre las llamas de una imponente hoguera lo que hablará muy claramente de su destino final.)
Los extras, o sea, el pueblo vociferante, insensible y grosero, se mofarán de los condenados aludiendo a Dios una y otra vez.”
En la comedia musical esto se expresaba con una canción coral que, titulada “Libéranos, Señor” hablaba de los pecados de los demás, naturalmente, y, en especial, de los de aquellos condenados que llegaban a la Plaza de Zocodover en la comitiva. La canción era un prolijo catálogo de maldades, aunque sin superar ni de lejos el número de pecados que los llamados “calificadores”, con olfato de sabuesos, habían desenterrado de las profundidades del alma humana.
Y ya, en este punto, dejamos la Comedia para entrar en el verdadero drama de la Inquisición, pues el haber comenzado este capítulo de manera tan literaria sólo pretendía retrasar un poco el tremendo impacto del tema.

Una vez dentro del Palacio en el que se presentaba la Exposición de Florencia, me asaltaron serias dudas acerca de la idoneidad de un asunto como éste para ser tratado en un programa de título tan positivo como “El arte de vivir”. Sin embargo, no caí en la tentación de llamar a ese capítulo “El arte de matar”, pues me repelía la idea de asociar el arte a una manera de matar al prójimo como la que procuraron y de la que disfrutaron sin límite ni piedad, no sólo aquellos personajes de la Santa Hermandad, sino todos los que, en nombre de Dios, incluido el pueblo, la permitieron. Sólo a modo de doliente catarsis, la televisión podría justificar los terribles sesenta minutos que la fuerza de la imagen les iba a ofrecer. Y así, considerando que dicha catarsis era una razón positiva y suficiente para realizar el programa, me decidí a editar, no sólo sesenta minutos de emisión, sino ciento veinte, divididos en dos capítulos. Tanta maldad no cabía en uno solo.

Y comenzamos.
La Guía de la Exposición, o el Catálogo 2, como ustedes prefieran, nos ayudó a realizar un rodaje consecuente con las imágenes allí presentadas. Dicho catálogo contiene un texto literario escrito por Robert Held, redactor jefe de la editorial Qua d’Arno de Florencia, que publica la Guía. En dicho texto de presentación, Rober Held hace, entre otras muchas contundentes afirmaciones, la siguiente: La Inquisición fué “ la caza continua y ordenada que, para destruirlos, la Iglesia Católica practicó sobre disidentes, apóstatas, herejes, judíos, brujas, brujos, alquimistas y cualquiera que no fuese grato al clero; una caza y una destrucción que tuvieron lugar en España hace mucho tiempo, digamos que desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa; y que llegaba a conseguir sus fines con métodos tan implacables y feroces que la historia no recuerda nada similar hasta el Holocausto de 1939-45.”
Inicialmente sorprendido por la limitación a España que Held hace de las actuaciones inquisitoriales, quiero creer que el autor se refiere, principalmente, a una España extendida por casi toda Europa, como la España medieval o del Imperio.
De cualquier manera y, para nuestra desgracia, a la palabra Inquisición no parece incomodarle demasiado el calificativo de española.
Mientras se rodaban las primeras imágenes de aquellos instrumentos de tortura, me puse a pensar en el tercer acto de la Opera de Verdi “Don Carlos”, esa opera que está basada en la obra homónima de Shiller, y en la que se representa también un Auto de Fé. Intenté reconstruir un fragmento de diálogo entre el Gran Inquisidor y el Rey Felipe II de España, que me pareció siempre muy significativo a la hora de fijar la posición de la Iglesia en esto de la condena, el perdón, etc. Más o menos, dice así:

FELIPE II.-
¿Si yo envío a mi hijo a la muerte,
tu mano me absolverá?
INQUISIDOR.-
La paz del Imperio
bien vale la vida de un rebelde.
FELIPE II.-
¿Puedo yo sacrificar a mi hijo por el mundo,
yo que soy cristiano?
INQUISIDOR.-
Para salvarnos, Dios
inmoló al suyo.
FELIPE II.-
Pero ¿se puede poner en vigor
una ley tan severa?
INQUISIDOR.-
Desde que se aplicó en el Calvario,
esa ley está en vigor en todas partes.
FELIPE II.-
¿Y yo debo hacer callar en mí
las voces de la naturaleza y del amor?
INQUISIDOR.-
Todo debe ser silenciado
para exaltar la fe.

“Todo debe ser silenciado para exaltar la fe” ¿Es ésta la razón, el motor de la maldad, el origen, la fuente de la conducta humanamente inexplicable de la Inquisición? Cuando uno se acerca a sus procedimientos, se llega a la conclusión amarga de que a la Iglesia Católica dejó de interesarle el ser humano como tal. La fe católica, apostólica y romana era la única que imprimía en la persona un visado para la vida. Cualquier desviación de esa fe, por leve que fuera, tenía que ser castigada, en la mayoría de los casos, con la muerte. A la Inquisición se le puso en las manos una espada mortífera, y en el corazón, una crueldad infinita. Uno se queda perplejo cuando contempla detenidamente los grabados de la época que representan escenas de tormentos a los supuestos herejes. En esos grabados puede verse cómo los asistentes al espectáculo charlan alrededor de los cadalsos y de las hogueras con obscena indiferencia hacia el horror de cuanto está pasando allí. En muchos casos, los monjes que no participan directamente en la ceremonia parecen alejarse un poco, pero, únicamente, para que los gritos de los condenados no interfirieran sus conversaciones. Y, en todos los casos, cuando el quemado o el ahogado o el descoyuntado, a punto del desmayo, busca un último soplo de aire para seguir viviendo un ratito más, aparece un religioso alargando su mano con la intención de que el reo bese un crucifijo. El acto es de un cinismo insoportable. Parece como si los torturadores pretendieran que el pobre condenado, a quien se estaba matando ignominiosamente entre horribles dolores, manifestara su culpabilidad con aquel beso de última instancia. Quizás así se activaría la divina misericordia y el desgraciado no caería demasiado hondo en el purgatorio.
A través de la Exposición que estábamos rodando, nuestra cámara comenzó a caminar por la historia inquisitorial con inevitables puntos españoles de referencia, como, por ejemplo, la bula que en 1478 el Papa Sixto IV concedió a los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, por la que se les autorizaba a crear el tristemente famoso Tribunal del Santo Oficio. Yo creo que ni el mismo Papa supuso, entonces, la potencia demoledora del arma que estaba colocando en manos de los poderosos monarcas. Lo cierto fué que, a partir de aquel momento, la turbia complicidad de la Iglesia y el Estado se hizo aun más patente de lo que ya era desde los tiempos de Constantino. La Iglesia metió su vigilante ojo en las conciencias de todos los ciudadanos; el Estado – llamado eufemísticamente el brazo secular de la ley – encontró en la Iglesia la más activa central de inteligencia de la historia. Así que, cuando la pléyade de eclesiásticos celosos, pertenecientes al Tribunal del Santo Oficio, comenzó a buscar por todo el reino a seductores y seducidos por la herejía, las hogueras se encendieron con una fuerza inusitada. Y lo que hasta entonces había sido una forma inconexa de ejercer la vigilancia espiritual del pueblo, se convirtió en una epidemia de celo. La relación causa a efecto – delito y pena - fué un fino estilete clavado infinidad de veces, y con excesiva facilidad, en el cuerpo social. La causa llevaba el enigmático y oscuro nombre de herejía; el efecto, en cambio, lo incluía todo en dos palabras de muy precisa definición: tortura y muerte. De ambas cosas, los instrumentos que se presentaban en la Exposición eran terribles documentos. Muchos de esos instrumentos se usaron, no sólo en España, sino en casi todos los paises europeos de la baja y alta edad media. Luego, en América tambien. Y si algunos de ellos fueron utilizados con más frecuencia que otros, ello no se debió a una razón moral, sino al principio de la eficacia o, en muchos casos, de la casualidad e, incluso, aunque parezca indecente el decirlo, de la moda.
El suplico que se llevaba la palma de la popularidad era el suplicio del fuego, inseparable de los Autos de Fé. “La hoguera - decía Carena, un inquisidor español del siglo XVI- es la más terrible de las muertes, y, por lo tanto, la más apropiada para castigar el peor de los delitos: la herejía.”
Como el espectáculo de un Auto de Fé – ejemplarizador, según la Iglesia – se desarrollaba, la mayoría de las veces, delante de una Iglesia, quedaba bien claro quién estaba detrás de todo aquello.
Aunque el Inquisidor General se nominaba como tal “por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica”, en realidad era nombrado por los reyes. Esta aparente separación entre las jurisdicciones eclesiástica y temporal en que se mueve el máximo responsable del Santo Oficio, se extiende también a la propia Institución, a la que parece suponérsele una jurisdicción mixta: Iglesia y Estado. Sobre la naturaleza jurídica de la Inquisición Española ha existido una amplia polémica, sobre todo a partir del siglo XVII, en la que han participado expertos y estudiosos del Santo Oficio. Según Gonzalo Martinez Díez3, por ejemplo, “esta polémica tuvo algún sentido cuando los estudios inquisitoriales se encontraban aun en sus balbuceos y no se había publicado el conjunto de de bulas y breves pontificios que creaban, extendían, regulaban y aprobaban nombramientos de la Inquisición Española; hoy, con todo este conjunto documental disponible, creemos sinceramente que no cabe ni plantear la duda sobre la naturaleza eclesiástica de nuestra institución”.4
Polémicas aparte, sigamos con el Auto de Fé:
Para quemar a los reos se preparaba un tabladillo lo suficientemente alto como para que el espectáculo pudiera ser contemplado sin esfuerzo por los cientos, a veces miles, de espectadores llegados de todas partes a impulsos de entusiasmos religiosos, de curiosidad y, ya de paso, de íntimos deseos de ganar los cuarenta dias de indulgencia que la Iglesia concedía a los asistentes.
“Se empieza plantando un madero de siete u ocho pies de altura, alrededor del cual, dejando espacio para la víctima, se construye una pira en cuadro, compuesta alternativamente de haces, troncos y paja. Antes de que llegue a la altura de un hombre, se hace entrar al reo, quien, desnudo y cubierto únicamente con una camisa impregnada de azufre, es atado al poste por los pies, por el cuello y por la cintura; después, se acaba de formar la pira y, enseguida, se le prende fuego por todas partes”5
En ese momento, la multitud prorrumpe en una especie de alarido difícil de definir. No es un alarido de sorpresa, ya que todo el mundo sabe de antemano lo que va a ocurrir; no es, tampoco, un lamento, porque cualquiera puede comprobar cómo inconscientes gestos de indiferencia asoman a casi todos los rostros allí presentes. Y, definitivamente, no es un grito de conmiseración. Nadie se retira de allí; nadie oculta su rostro más que para evitar el nauseabundo olor de carne quemada; nadie se desmaya ante la contemplación de unas cabezas humanas calvas por el inmediato efecto del fuego; nadie deja que los gritos de dolor de los quemados superen al clamor de los espectadores. “El fondo es de plata en el celaje y, como siempre, brilla el oro en accesorios y atavíos”, dice Lainez Alcalá, el biógrafo de Berruguete, cuando describe el cuadro del pintor que representa un auto de fe, la ceremonia punitiva más solemne de la Inquisición.
En infinidad de textos se repiten los testimonios de insensibilidad con que los asistentes a los Autos de Fé se comportaban ante el sufrimiento de los condenados :
“Walter, el hereje, estaba muerto. Aún crepitaba el fuego y ya afloraba de nuevo el verdadero carácter de gran parte de los concurrentes. Algunos se mofaban del pánico del desdichado, y los más ruines se retorcían fingiendo estrangularse, y luego se reían a carcajadas. Los ricos hacían sus compras y los pobres volvían a sus labores. Los niños jugaban con sus peonzas y algunas mujeres hablaban de quesos o de telas. Se habría dicho que para esas personas allí no había ocurrido nada.”6
Desde la Ley de la hoguera de 1224, un apaño entre el Papa Honorio III y el Emperador Federico II, la relación fuego-represión ocupa una parte principal en la iconografía de numerosos grabados y en los escritos de documentos civiles y religiosos.”Cualquiera que haya sido manifiestamente declarado hereje por el obispo de su diócesis, será apresado en ese mismo instante a petición de éste, por las autoridades seculares del lugar, que lo enviarán a la hoguera. Si estos jueces creen necesario conservarle la vida, sobre todo para convencer a otros herejes, se le deberá cortar la lengua, que no ha dudado en blasfemar la fe católica y el nombre de Dios; esta orden no es un simple rescripto, es una ley aplicable en toda Lombardía” 7
El fuego, pues, con variantes clarificadoras, se convierte en el más eficaz elemento purificador, tanto para la Iglesia como para el Estado. Los ejemplos son muchos: Veintitrés hebreos son quemados en una hoguera común “condenados por el asesinato de niños cristianos para los ritos de Pascua”. “Los españoles enseñan el cristianismo a los indios” es el título irónico de un grabado en el que se reproduce una enorme pira alrededor de la cual veintitantos indios, atados a unas estacas clavadas en el suelo, son quemados vivos. “El toro de Falaris” es un toro de bronce que se colocaba sobre el fuego para que se achicharrasen los herejes metidos en su vientre metálico: “Mientras la víctima se ahoga lentamente con el humo de la paja, la explosión de una bolsa de pólvora, atada a su pecho, le desgarra el tórax”.
Y un larguísimo etcétera.
A través de su existencia, la Inquisición se dedicó a castigar supuestos delitos que, en una escala inconsecuente, pero muy significativa, iban, desde una conducta absoluta y claramente contraria a los principios y postulados de la Iglesia hasta menudos e irrelevantes gestos como el manifestar, por ejemplo, que Dios no era todopoderoso “porque no podía hacer un palo sin dos puntas”. Este proceloso periodo tiene, pues, innumerables caras; con expresiones patéticas, unas, y con rictus grotescos, otras. Pero, para desgracia de la historia, ninguna amable, condescendiente o, simplemente, piadosa. Cito aquí, por desmesurada hasta la comicidad, las acusaciones por las que la Inquisición sometió a un largo y penoso proceso a Diego Alfonso de Medrano (1611-1612). Aquel hombre, según nos cuenta Alfredo Gil del Río 8 fué tachado, entre otras cosas, de planetario, geomántico, agorero, hechicero, encantador, nigromántico y alquimista.
Era lógico, pues, que, ante tanta y tan variada maldad, como la de Don Diego Alfonso, el aparato inquisitorial se empeñara en acumular una serie, cada vez más numerosa, de artilugios con los que castigar a los transgresores de semejante catálogo.
Los instrumentos de tortura de la Exposición de Florencia iban evocando, uno tras otro, los espeluznantes suplicios sufridos por una gente sencilla en cuyas cabezas no cabía la idea de un Dios tan complicado y feroz en nombre del cual la Inquisición decía actuar.
Comenzaremos por “La doncella de hierro”. Con este nombre tan sugerente se presentaba un artilugio con forma de sarcófago o, si se prefiere, con forma de armario metálico de dos puertas, en cuyas paredes interiores se alojaban largos clavos estratégicamente situados para que, al cerrarse las puertas, afiladísimas puntas penetraran en varias partes del cuerpo de la víctima, como piernas, brazos, vejiga, ojos, etc. sin llegar a matarla, de momento. Pero, claro, entre gritos y lamentos desesperados, la muerte sobrevenía dos o tres días después, con lo que se consumaba una sentencia cuya brutalidad ensombrecía cualquier falta cometida por el reo.
Por lo visto, la más famosa “Doncella de hierro” fué la de Nuremberg, destruida por los bombardeos de 1944. Lo que la Exposición presentaba era una copia realizada en 1828 para su colocación en la “Sala Gótica” de un palacio patricio de Milán.
Nota antes de seguir:
No hay certeza documental de que todos los instrumentos de tortura expuestos en esta muestra florentina hubiesen sido utilizados por el Santo Oficio. Pero, al responder todos al sórdido concepto del castigo, ya fuera civil o religioso, no nos atreveríamos, tampoco, a decir lo contrario. No se olvide que la Inquisición se escondió siempre tras lo que ella llamaba el brazo secular, encargado de las infames tareas de la represión. Pero, como yo voy a hablar también de ciertos suplicios a los que la Exposición no hacía referencia, abandonaremos por ahora el rigor del coleccionista y pasearemos nuestra atención por más amplios panoramas.
Aparte de los objetos físicamente representados en la Exposición, una amplia colección de grabados, como minuciosos cronistas de la época, denunciaban desde las luminosas vitrinas de la Exposición la enfermiza imaginación de los inquisidores:
Traigo aquí unos cuantos ejemplos solamente:
En uno de aquellos grabados podía verse el destripamiento de una víctima, cuyos intestinos se clavaban a una especie de tambor o de rueda que, al girar, vaciaba de vísceras aquel cuerpo, vivo durante toda la lenta operación. (Aguafuerte de Romand Sadler, mediados del siglo XVII).
En otro, un verdugo pinchaba con la punta de un cuchillo los ojos de un pobre hombre atado a un árbol, recreándose luego en la viscosidad de aquellos ojos con la tranquilidad de quien tallaba un trozo de madera. (Acuarela en miniatura, en la Neubauerische Chronik, 1640, en los Archivos Municipales de Nuremberg.).
Otro, mostraba a dos lobos hambrientos colgados de un travesaño por sus patas traseras junto a una víctima humana, también colgada, cabeza abajo, con el único fin de que fuera atacada a mordiscos por sus furiosos vecinos.. Con una sutileza digna de mejor causa, el comentario de la xilografía expuesta nos informaba de que este suplicio estaba, en general, reservado a los judios) (Xilografía alemana o suiza, precedencia desconocida, principios del s. XV).
Otra nota ad hoc:
La raza judía - con sus sospechosas costumbres, como las de no comer cerdo, no utilizar mantequilla para freir, y sacrificar a los animales de una manera especial - se había colocado, inevitablemente, en el punto de mira del celo inquisitorial. El rencor de los cristianos hacia ella– aparte del visceral odio hacia el pueblo hebreo, al que consideraban responsable de la muerte de Cristo - venía alimentado, además, por la envidia que sentían hacia quienes dominaban el comercio y se habían encumbrado a relevantes posiciones sociales ejerciendo como recaudadores, médicos o prestamistas, profesiones en las que, naturalmente, se ganaba mucho más dinero que en los humildes trabajos de la mayoría del pueblo.
Fin de la nota.
Todo aquello fué preparando un caldo de cultivo en el que creció, sin ninguna mesura, la delación y el revanchismo. Y, así, el fantasma de la herejía, tan querido, tan traido y llevado por los inquisidores, se paseó tambien de la mano de cristianos miserables que señalaban con el dedo a judios, judeoconversos, mudéjares y moriscos utilizándolos como escudos humanos para evitar la atención de la Inquisición hacia sus propias faltas y pecados.

Mi equipo de televisión, mi equipo humano, naturalmente, guardaba un estremecido silencio mientras rodaba aquel cúmulo de atroces recuerdos. La cámara pasaba rápidamente de un grabado a otro como si tuviera ganas de terminar. Pero en su interior, aquella cámara iban guardando todos los detalles de unos suplicios cuya minuciosa descripción resultaba casi imposible anotar en el cuaderno de rodaje:
Verdugos clavando estacas en los vientres de mujeres que van a ser enterradas vivas.
Utilizando enormes sierras, unas infelices víctimas, colgadas por los pies, son abiertas en canal.
Fustigamiento de madres solteras con látigos desolladores.
Cepos, manillas y tobilleras inmovilizadores para, en atroz agonía, provocar agudos calambres a unos infelices condenados.
Colocación de coronas metálicas con puntas para destrozar los cráneos de aterradas cabezas humanas.
Corte de lenguas y brazos a los disidentes religiosos.
Aplastamiento con sacos terreros de unas víctimas a las que se ha colocado sobre un lecho de clavos.
Cuñas de hierro para machacar dedos.
Hornos de ladrillo para asar herejes.
Ahogamiento de condenados en toneles y barriles.
Quebrantamiento de huesos en potros y escaleras.
Rueda para descoyuntar y despedazar miembros humanos.
Amputación de manos y pies.
Los órganos genitales de algunos reos son quemados con pinzas y tenazas ardientes.
Machacamiento de manos golpeándolas con un mazo sobre un yunque de hierro.
Quemando las axilas de ciertos pecadores.
Dilatación desgarradora de anos y vaginas con la llamada “pera oral, rectal y vaginal”.
Mujeres blasfemas, adúlteras o herejes sufren el corte de sus senos.
Empalamiento y exhibición de una víctima clavada desde el ano hasta los hombros para escarmientos de los demás.

Nuestra moderna sensibilidad se estremece incluso con tan sucinta enumeración. Pero no era así entre los inquisidores. Éstos, convencidos de que ejecutaban la voluntad de Dios, se afanaban con todo rigor en tales métodos para descubrir y castigar culpabilidades, culpabilidades que, infinidad de veces, sólo existían en sus retorcidas mentes. “El aparato del Santo Oficio fundamentaba la enorme eficacia desplegada en el ejercicio de sus funciones sobre una compleja organización, que consistía básicamente en una estructura reticular que no admitía resquicios ni escatimaba esfuerzos a la hora de ejercer sus funciones de vigilancia y control con respecto a la población sobre la que ejercía su jurisdicción.(...)Los inquisidores eran individuos de edad avanzada, meticulosos y escrupulosos en sus actuaciones.(...) pendientes en todo momento de cumplir con la mayor fidelidad posible la normativa procesal”9
Esa frialdad burocrática había secado de tal manera la sensibilidad inquisitorial que los espectáculos de tortura, supuestamente purificadora, llegaron a a parecer rutinarios festivales de sadismo.
En todos estos actos públicos aparecían dos rangos sociales bien diferenciados: De una parte, estaban los inquisidores, revestidos de impunidad, y aureolados por la luz divina. De otra, los ejecutores civiles: sus sombreros, sus vestidos, sus collares, sus repujados cinturones y sus brillantes botas contrastaban con la sobriedad de los sayones o la humillante desnudez de los condenados. Y, debajo de ellos, en un estrado moral muy difícil de definir, se encontraba el pueblo llano, ese pueblo que asistía a torturas y a muertes con una confusa sensación de miedo y placer que no llegaba a apartarles de sus cotidianas preocupaciones. A veces, en sus expresiones aparecían lánguidos destellos de perplejidad, pero sin el menor atisbo de conmiseración. Es más, se diría que, tales demostraciones de maldad, habían alelado sus almas. Ofuscados, aliviaban sus miedos con la inconfesable esperanza de que cuanto mayor fuera el número de condenados menores serían las posibilidades de protagonizar un mal encuentro con la Inquisición.
De los grabados, de los textos, de los instrumentos presentados en la Exposición, se iban sacando tan tristes conclusiones que uno no podía sustraerse a la verguenza. Juanjo, el técnico de sonido, se me acercó y me hizo en voz baja la siguiente observación: “si estos documentos tuvieran sonido, no lo soportaríamos ¿verdad? ”. No sólo como técnico, sino como persona, él sabía que, cuando suema, el sufrimiento de la gente estremece profundamente a los demás. Pero, por fortuna, en aquellas salas vacías el silencio se extendía como un bálsamo.
Aprovechando que el técnico de iluminación me había pedido tiempo para iluminar unas vitrinas difíciles de rodar, recorrí de nuevo la Exposición y tomé unas notas sobre ciertos documentos gráficos que, por exceso de material, no habíamos incluido en la escaleta de rodaje. Reproduzco aquí la descripción literaria de algunos de ellos:
Junto a una xilografía del siglo XVI, probablemente alemana, y que se titulaba “La prueba de flotación” podía leerse el siguiente comentario: “Si la acusada era una bruja, el agua, siendo un elemento puro e inocente, la habría empujado a flote (hecho casi imposible con una persona que tiene atadas las extremidades entre sí y en la parte delantera del cuerpo), y , por lo tanto, sería conducida a la hoguera y quemada. Si por el contrario, el agua la aceptaba y la ahogaba, su inocencia quedaba probada.”
Las descripciones que otros documentos ponían ante mis ojos vinieron a resumirse en mis notas de la siguiente manera:
Además del banco de estiramiento y del suplicio del agua, la pez abrasante que se vertía sobre el abdomen del reo, se vertía también sobre el pene y los testículos./ El empalamiento, tormento muy común. En la versión jurídica el palo era de hierro: la punta entraba por el ano y salía entre los hombros (Aguafuerte de Goya, como ejemplo) / Entre los suplicios más atroces estaba el del agua. La víctima, tendida y con las manos atadas por encima de su cabeza, era obligada a engullir inmensas cantidades de agua por medio de un embudo. Los torturadores tapaban la nariz de la víctima lo que la obligaba a tragar todo el contenido del embudo antes de poder respirar una breve bocanada de aire. Sólo el terror de la asfixia, repetido infinidad de veces, era de por sí un tormento angustioso, Cuando el estómago se hinchaba de manera grotesca, se colocaba a la víctima con la cabeza hacia abajo; la presión contra el diafragma y el corazón ocasionaba estados de sufrimiento inimaginables, sufrimientos que el verdugo aumentaba golpeando el abdomen./ El cepo: La víctima, con las manos y los pies aprisionados por el cepo, era expuesta en la plaza pública, donde la chusma, en el mejor de los casos, la abofeteaba y embadurnaba con heces y orines que, procedentes de orinales y pozos ciegos, le emplastaban la boca, la nariz y el pelo./ Los efectos de las llamas han achicharraban el vientre de una bruja embarazada de nueve meses.... El niño nació por las vías normales y no por el vientre destrozado, pero, poco después, ese niño fué arrojado a la hoguera por ser fruto de Satanás./ El Péndulo: Una tortura fundamental que, a veces, constituía solamente una preparación de la víctima para posteriores tormentos, era la dislocación de de los hombros de la víctima mediante la rotación violenta de los brazos hacia atrás y hacia arriba. Suplicio barato y eficiente que no necesitaba aparatos complicados. Las muñecas de las víctimas se ataban por detrás, por la espalda, y en esa misma ligadura se añadía otra para una cuerda más larga que servía para izar a la víctima separándola del suelo para dislocarle los húmeros y las clavículas y producirle dolorosísimas deformaciones. La agonía se podía estimular agregando progresivamente unas pesas en los pies de la víctima hasta que el esqueleto, descoyuntado ya por muchos sitios, la paralizaba hasta la muerte.
Ya no quise seguir. Me dí cuenta de que aquello desbordaba los límites de una serie de televisión como “El arte de vivir”, cuyos capítulos tenían un tiempo limitado. El tema era demasiado grande como para encerrarlo sin graves perturbaciones en una hora de emisión. Aunque, finalmente, ya lo dije al principio, decidimos emitir dos horas sobre el tema.
Pero, ante la contemplación detenida de todos aquellos documentos de tortura, me propuse subrayar en esos dos capítulos, como voy a hacerlo ahora, algo difícil de comprender con un mínimo de humanidad: el empeño de los inquisidores en la cruel prolongación del sufrimiento. En los casos más graves, la lenta agonía del reo estaba prevista desde la misma definición del tormento: “En el nombre de Jesucristo, fallamos, atentos los autos y méritos del proceso, indicios y sospechas que resultan de él contra el dicho X...que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto en cuestión de tormento, en la cual mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere; para que en él diga la verdad de lo que está testificado y acusado: con protestación que le hacemos que si en el dicho tormento muriese, o fuere lisiado, o se siguiere efusión de sangre, o mutilación de miembro, será a su culpa y cargo, y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad”10
El Santo Oficio no absolvía fácilmente a nadie. No podía permitir que el pueblo creyera que se equivocaba prendiendo a alguien sin causa. Por eso, alargaba y alargaba los tormentos del reo en busca de una confesión que confirmara su culpabilidad. Y si esta confesión no llegaba, se suponía, sin más discusión, que el ajusticiado no había querido decir la verdad.
Hasta tal punto llevó la Inquisición su celo, que se produjeron hechos rayanos en el ridículo, como la exhumación y quema de cadáveres – a veces, solamente huesos – de condenados “post mortem”. Y si estos restos no eran hallados, entonces se quemaba un muñeco. Había que dejar bien claro que, antes o después, ningún culpable quedaría sin castigo, incluso después de muerto. Todo ello respondía a la obsesión inquisitorial por su reputación como administradora de una justicia implacable.
“En realidad, el valor de la vida humana era mínimo, como lo era, también, el del sufrimiento. Lo fundamental consistía en el valor del ejemplo, del punto de referencia y de la autoridad”11
Dicha autoridad aterrorizaba al pueblo sin el menor escrúpulo. Y, en consecuencia, de la mano de ese terror la delación, una de las estrategias preferidas de los inquisidores, se colaba en sus despachos con una pasmosa facilidad. “El procedimiento inquisitorial es una verdadera estructura de espionaje, en la que los delatores son, en su mayoría, espías por miedo”12
Como la espiral de casuística creció de una manera espectacular, es imposible enumerar las incongruencias con que ciertos inquisidores adornaron sus actuaciones “a su conciencia y arbitrio”, aun a sabiendas de que tambien ellos eran vigilados por otros inquisidores. La arbitrariedad e, infinidad de veces, una torpe y/ o perversa interpretación de cartas, bulas, órdenes, criterios conciliares, etc. hizo incurrir al personal de la Inquisición en actuaciones de muy escaso valor moral. Unos cuantos ejemplos: La fijación de siete años como edad para que los niños fueran responsables de sus actos y, en consecuencia, pudieran ser condenados; la vileza de encerrar de por vida a los arrepentidos para evitar que esos conversos corrompieran otros; el caprichoso derribo de casas para castigar a los familiares de un hereje; o la rigurosísima incomunicación carcelaria que, basada en la llamada “Vade in pacem”, se imponía a los religiosos pertinaces en el error, incomunicación en la que, según la Crónica Bardinense del año 1350, los infelices allí encerrados morían de horrible desesperación.
Como puede apreciarse, la documentación de los instrumentos de tortura presentada en la Exposición de Florencia era suficientes para hacerse una idea bastante completa de cuál era el clima de vigilancia, control y punición, por decirlo de una manera suave, de las diferentes etapas inquisitoriales.
Pero, para su mayor eficacia, un programa de televisión como “El arte de vivir” necesitaba algún personaje que, de alguna manera, encarnara la personalidad y, consecuentemente, la conducta de los inquisidores. Fué muy fácil encontrar al personaje. Realicé un pequeño e imaginario “casting” que, enseguida, me proporcionó el nombre de un protagonista: Fray Tomás de Torquemada.
El Gran Inquisidor Tomás de Torquemada podía representar, aunque fuera parcialmente, a otros inquisidores menos conocidos que él, pero no menos importantes, como pudieron ser todos los que componían el Consejo de la Suprema. Así que, en esta película necesariamente parcial sobre la Inquisición española, fray Tomás se perfilaba como el mejor actor para el gran papel de Inquisidor General.
Un papel complejo, lo digo de antemano. Entre la historia y la leyenda, se desliza este siniestro personaje como una sombra sin sonrisa, como un fantasma de maldad que arrastra el nombre de Dios en sus cadenas.
Fray Tomás de Torquemada era descendiente de una distinguida familia de origen converso. En su juventud, se hizo hermano predicador en el convento dominico de San Pablo en Valladolid, y, a partir de esos momentos, se extiende su fama como fanático practicante de la reforma de la Orden, reforma asumida con la misma férrea voluntad con la que actuó durante toda su vida. Luego, su brillante y rápida carrera le llevaría hasta los mismísimos aposentos reales como confesor, confidente y consejero de Fernando de Aragón y de Isabel de Castilla.
A grandes rasgos esta biografía de la primera parte de su vida concluye con en el año 1483, año en el que el Papa - a instancia de los reyes - confiere al dominico Tomás de Torquemada la categoría de Inquisidor General. Desde ese momento, la pantalla de la historia se llena con su figura que, a juicio estupendo de Bennazzi y DÁmico, es la figura misma de la Inquisición, es decir “rectitud moral, intransigencia, lucidez jurídica, sadismo y viscosidad política”. Tiene, entonces, 63 años, pues su nacimiento en ¿Avila- Valladolid - Palencia? se fija – no sin ciertas dudas- en 1420.
Es muy difícil retratar fielmente a un personaje cuyos perfiles van desde el ascetismo extremo de un santo inteligente y brillante, con una elocuencia cautivadora en defensa de la fé, hasta el violento, oscuro, ambiguo, paradójico y - como suele ocurrir en ciertos colectivos religiosos - apresado en la viscosidad – estupenda palabra, repito – de una reprimida sexualidad.
El autor Tomás Lower nos define al Inquisidor como “Alto y delgado, de impresionante personalidad física, de mirada incluso piadosa, pero que se tornaba llameante en el transcurso de cualquier discusión, e incluso durante la exposición monóloga de cualquiera de sus convicciones que él solía defender apasionadamente, siempre de forma subjetiva, con la convicción de que nadie tenía tanta facultad como él para decir lo que era bueno o malo, cubierto siempre con el negro vestuario del egoismo y de la ambición desmedida. Ambición de ser, de nombre, de prestigio, como correspondía al fanatismo que se elevaba en él por encima del ansia lucrativa.”
Es conveniente no tomar textos como éste al pié de la letra, pero sí deducir de ellos algunos rasgos de fray Tomás, entre los que nadie se atreve a negar su fanatismo religioso, inspirador de toda su conducta como Inquisidor.
A los Reyes Católicos la manera de ser y de actuar de Torquemada les vino como anillo al dedo, pues el inquisidor se encargó, como nadie, de que la España de la época, basada en los principios religiosos de una Iglesia unida, entrara de nuevo en el carril del que, en buena parte, se había salido. Con tanto hereje suelto por culpa de indeseadas presencias como las de moros y judíos conversos, de cuya rectitud y fidelidad se dudaba y cuya ascensión social se veía como un peligro para la religión católica (...es mucho prohibido que los judíos tengan entre los cristianos oficios públicos y que los reyes les vendan sus rentas (...) porque es gran pecado e mengua de nuestra fé (...) es menester que judíos y moros sean apartados y non vivan entre los cristianos y que traigan sus señales por donde sean conocidos y que ningún judío ni moro se vista de otra manera que la que corresponda a su estado y condición.”, las “Instrucciones” promulgadas por el Inquisidor General dejaron bien claros los procedimientos a seguir contra los sospechosos y fueron la base para el desarrollo institucional del Santo Oficio.
Ni que decir tiene que dichos procedimientos manejaron conceptos en los se daba por hecho que la Iglesia era la fiel guardiana de la única fé admisible, la fé cristiana. Como consecuencia de tal postura maniqueista, la conducta inquisitorial a seguir, incluida la aplicación de tormentos corporales, adquirió vía libre entre un pueblo perplejo y atolondrado bajo aquella enorme espada que se blandía sobre él.
Con esa espada y entre ese pueblo, el Inquisidor Torquemada se afanó con tal celo en su misión purificadora que, bajo su mandato, se quemaron en la hoguera a cerca de dos mil personas. Otros escritores, como Juan Antonio Llorente, primer historiador del Santo Oficio, dice que fueron diez mil los quemados y veintisiete mil los que sufrieron penas infamantes.
Sea cual sea la cantidad de condenados que se le atribuya, lo que ha quedado demostrado en la Historia, es que el llamado “martillo de herejes” se había ganado a pulso semejante apodo.
Su “Códice”, mezcla de cruz y espada, se componía de 28 artículos en los cuales se desarrollaba una especial y minuciosa manera de tratar todo aquello que rozara, siquiera levemente, los asuntos de fé.
Siguiendo la exposición que hacen Natale Benazzi y Matteo D’Amico en su libro “El libro negro de la Inquisición”, el contenido de los artículos, podría resumirse así:
Art. 1. En el que se dice que los inquisidores exigirían juramento de fidelidad y ayuda a todos a los que se dirijan Y, antes que a nadie, al pueblo, pero en especial a los notables, a los gobernadores y a los oficiales de justicia.
Art. 2. Los inquisidores leerán siempre una amonestación contra los rebeldes.
Art. 3. Este artículo concede un periodo de gracia (treinta o cuarenta dias), para permitir a los pecadores enmendarse y a los otros hacer sus delaciones. De este modo, se evitarían muertes, prisión y confiscación de bienes.
Art. 4. Aquí se determina el modo y las preguntas del interrogatorio.
Art. 5. Que trata del pedido de abjuración y de penitencia pública para los reos confesos.
Art. 6. Se habla de la interdicción de los empleos públicos y de los beneficios eclesiásticos para herejes y apóstatas (aunque confiesen, comenta Benazzi); además se les impide vestir con elegancia, llevar sus armas y montar a caballo ( esto último es una clara alusión a la nobleza).
Art. 7. A los herejes preservados de la hoguera se les debe aplicar penitencias tales como limosnas a favor del soberano para la defensa de la fé y el sitio de las murallas de Granada.
(Obsérvese como, a traves de estos desarrollos, se deslizan intereses políticos o, simplemente, económicos)
Art. 8. Aquellos cristianos que se presenten a confesar después del periodo de gracia tendrán penas mitigadas, pero más duras que las de aquellos que se presenten antes.
Art. 9. A los hijos de los herejes, herejes a su vez, pero menores de veinte años, que confiesen sus pecados, se les tratará con menos dureza a causa de su edad.
Art. 10. Los herejes que vuelvan a caer en el pecado verán confiscados sus bienes.
Art. 11. El hereje o apóstata, arrestado por delación de otros, que confiese y desvele el nombre de los cómplices, será castigado sólo con la cárcel a perpetuidad, conmutable por una pena menor a juicio y beneplácito de los inquisidores.
Art. 12. El hereje del que se sospeche que miente al pedir perdón, será entregado al brazo secular ( es decir, a la hoguera).
Art. 13. Si alguien es absuelto, pero se descubre con posterioridad que ha mentido en algún punto, será procesado nuevamente, esta vez como hereje impenitente.
Art. 14. Si alguien no confiesa, los testimonios deben ser analizados con cuidado antes de proceder contra el presunto reo.
Art. 15. Si subsiste una falta de convergencia entre lo dicho por el acusado y los testigos, se puede torturar al acusado. Pero, si llega a confesar bajo tortura, el acusado tendrá que confirmar su confesión tres días después. Y si no la confirma, se debe recomenzar la tortura.
( Como puede verse, la presunción de inocencia estaba muy lejos de aparecer)
Art. 16. Para protección de los testigos, el acusado no puede conocer sus nombre, asi que, las declaraciones tiene que publicarse como anónimas.
Art. 17. El interrogatorio debe ser realizado personalmente por el inquisidor.
Art. 18. El inquisidor ha de estar presente en el caso de tortura.
Art. 19. En este artículo se tratan todos los temas relacionados con la contumacia.
Art. 20. Y en éste se dice que en el caso de una denuncia póstuma debe exhumarse el cuerpo del hereje para ser juzgado (con todas las de la Ley, por lo visto)
Art. 21. A petición de los soberanos, el inquisidor tiene derecho a actuar en todos los territorios dependientes de la corona.
Art. 22. Los hijos de los herejes entregados al brazo secular deben ser tutelados y educados según las directrices de los inquisidores.
Art. 23. Este artículo trata de complicas cuestiones de herencia entre herejes.
Art. 24. Aquí se dice que los cristianos que fuesen esclavos de herejes deben ser liberados.
Art. 25. Según este artículo, los inquisidores no pueden aceptar regalos de todo aquel que esté relacionado con algún proceso.
Art. 26. Los inquisidores deben actuar de acuerdo, en paz y para el bien común (Claro, que uno se pregunta en qué consistía el bien común para Torquemada)
Art. 27. Los inquisidores tienen que velar por el buen comportamiento de sus subordinados. ( lo que produjo un sin fin de delaciones entre ellos ).
Art. 28. Se autoriza que los inquisidores decidan con buena fé sobre cualquier asunto que no haya sido previsto por el códice.

Unos días después, Torquemada promulga catorce artículos más, que por su carácter predominantemente económico se conocen con el título de Capitulaciones. Estas Capitulaciones nunca fueron impresas y dejaban bien claro que su competencia correspondía exclusivamente a los Reyes.
Para confirmar eso, Pilar Huertas, en su libro “La Inquisición, Tribunal contra los delitos de fé” reproduce un texto que dice así: “Por mandato de los serenísimos Rey y Reina, nuestros señores, yo, el prior de Santa Cruz, confesor de sus altezas, inquisidor general por autoridad apostólica en los reinos de Castilla y Aragón, ordenamos los artículos siguientes cerca de algunas cosas tocantes a la santa Inquisición e a sus ministros e oficiales, los cuales dichos capítulos mandan Sus Altezas que se guarden e cumplan e yo de la parte de sus altezas e por autoridad susodicha lo mando”
De estos últimos artículos se desprende una obsesión histérica por el control de embargos o confiscaciones de los bienes de los condenados y, en consecuencia, por su minucioso control evitando el más mínimo secuestro o distracción de los mismos. La Inquisición, sin el menor escrúpulo, llevó a numerosas familias de condenados a la ruina total.
En realidad, lo que hizo Torquemada en sus Instrucciones fué poner en orden y fortalecer el ordenamiento jurídico que venían manejando sus antecesores. Con tal fortalecimiento el código legal de la Inquisición llevó sus extremados principios hasta las últimas consecuencias. El rigor jurídico enmascaró el exceso del fanatismo dándole una cobertura legal que antes no tenía. En ese terreno se movió Torquemada. Y, por mucho que sus defensores aureolen su figura diciendo sobre él cosas como que “un poderoso sentido del realismo guiaba su espíritu” o que “era escrupuloso en el cumplimiento de sus obligaciones” ¿quién señalaba el límite de tal realismo o de la escrupulosidad de sus obligaciones?. Sobre él no había nadie capaz de sancionar sus excesos. Pero, los hechos documentados hablan por sí solos de su inmisericordia y de su crueldad.
Para el demonio las actuaciones de la Inquisición debieron constituir una formidable máquina publicitaria. Ni el demonio mismo se había dado cuenta, hasta entonces, de la infinidad de cosas que eran pecado para los inquisidores, ni del infinito poder que esos inquisidores le asignaban a él. “El Demonio sabe – como dice Ciruelo – los movimientos de los cielos y de los elementos, y sabe de las virtudes de las estrellas, los eclipses y las conjunciones y otros aspectos de los planetas. Sabe las propiedades de los metales y piedras preciosas, yervas y de todas las medicinas, y las de los peces y aves y de las animalias de la tierra. Sabe de la astrología, philosophía y medicina mejor y más perfectamente que todos los filósofos y sabios del mundo...de las cosas ya pasadas en el mundo, aunque los hombres las tengan ya olvidadas” Y, claro, el demonio no iba a perder la oportunidad de revelar a sus siervos, los hombres malos, tan vasto conocimiento. De ahí la inquiedud de los“calificadores”, figuras que en el aparato inquisitorial estaban encargados, nada más y nada menos, de descubrir en esos hombres malos – y en los buenos, tambien - cualquier atisbo de herejía por mínimo que fuera.
Dicho todo esto, nos queda una pequeña maldad venida de la mano de los detractores de Torquemada. Se trata del descubrimiento que, una publicación poco seria, “La biblioteca de los famosos”, hace de la sorprendente relación de Torquemada con una bella mujer llamada Concepción de Saavedra a la que había conocido antes de ser inquisidor. Cazal, el autor del panfleto que nunca se llegó a imprimir, asegura que el continuo rechazo de Concepción a los requerimientos de tan raro pretendiente, llevó a éste a una obsesiva persecución de la mujer, persecución en la que se mezclaron sus sentimientos lujuriosos con una nada despreciable dosis de sadismo. Benazzi y D’Amico reproducen las palabras de Cazal: “En el caso de la bella Concepción, la primera tortura fué psicológica, pues le mostraron a su esposo colgado de una cuerda”. Luego, se dice que ella habría sido violentada por Torquemada (con todas las reservas que nos impone una seria investigación) e, incluso, ( nuevas reservas) flagelada al dia siguiente por el mismo inquisidor que cubría su rostro con una máscara negra. Pero, como todo aquello no era suficiente, comenzaron a mortificar a su esposo colgado, desgarrando sus muñecas, sus tobillos, sometiéndolo al caballete, quemándole pies y manos con hierro caliente, y vertiendo plomo derretido en sus muslos.
Ante tal cúmulo de atrocidades, Concepción cedió y ofreció su cuerpo al inquisidor. Pero, entonces, Fray Tomás, arrebatado por su sentido religioso y consciente de un mal que derrumbaba todos sus principios, se puso a llorar.
Este es el cuento. Un cuento que, como tal, hay que tomar, pues no hay ninguna prueba seria de tal anécdota.
La he traido aquí en un intento elemental de encontrar en el Inquisidor un puntito de flaqueza para que sus grandes pecados de malicia no se quedaran solos en la memoria de los hombres, sobre todo en la memoria de sus defensores, quienes han llegado a describir a Fray Tomás de Torquemada como un hombre serio y austero, que había tomado los hábitos por vocación, que comía poco, desdeñaba a las mujeres, dormía sin sábanas, vestía sencillamente, era severo consigo mismo y con los demás; de piedad tenebrosa; riguroso, pero no implacable; ferviente, pero no inhumano. ¿Y…?

Acabado el rodaje, nos quedó una tarde libre. El equipo se dispersó para ir de compras por Florencia y yo aproveché mi soledad para acercarme a la Plaza de la Señoría. Durante un buen rato, contemplé la copia del David de Miguel Angel, que preside la plaza.( Como se sabe, el original se encuentra en la Galería de la Academia de Florencia). El “Gigante”, como le llamaron en su época, parecía dispuesto a lanzar la piedra de su onda hacia donde fuera necesario. Pensé que en aquella misma plaza fué quemado Savonarola, el hombre que predicó la vuelta de la Iglesia hacia el ascetismo y la mesura, el hombre a quien Miguel Angel había admirado también. Y, en aquel momento, establecí una extraña relación entre aquel David, fuerte y hermoso, y ciertos movimientos de la Inquisión italiana que pretendieron apresar a Miguel Angel en sus garras. Pero, aquel David, junto a otras monumentales realidades, como La Piedad, El Moisés o los frescos de la Capilla Sixtina, constituyeron un muro muy difícil de franquear por las perversas intenciones de los inquisidores.
Y, cuando me retiraba de allí, camino del Hotel, comprendí que, después de aquellos días en Florencia, en los que me ví envuelto en la intolerancia y en el sufrimiento histórico de miles de personas, mi comedia inconclusa “Auto de fe” ya no tenía futuro. Y así fué.
En el avión que nos llevaba a Madrid de nuevo, saqué de mi maletín un libro de Rafael Sánchez Ferlosio, cuyo título (no me había dado cuenta antes) adquiría en aquel momento un significado especial. Dicho titulo era, y es, “Mientras no cambien los dioses, nada