UNA FOTO DEL MUNDO

Cuando contemplo el mundo
y, sobre todo,
cuando veo a su gente en una foto
¿cómo voy a creerme que yo soy
algo más que un puntito, allá, a lo lejos?
Las cabezas se ven
(si, claro, estaría bueno)
encima de esos cuerpos que aparecen
pegaditos los unos a los otros,
y se cimbrean,
exactamente igual que las espigas
o, si se quiere,
como unas pelotitas en la ola.
Pero, debajo
(debajo de la cabeza, se entiende),
allí donde está todo,
o casi todo,
o sea,
en el cuerpo,
donde está el corazón,
el bazo,
el pubis,
las temblorosas piernas,
incluso,
los dolores;
allí
nadie puede mirarnos porque estamos
demasiado juntitos; porque estamos
tapándonos los unos a los otros,
y, claro,
así nos va.
Nos va
como le pueda ir a lo que somos:
a un panel de cabezas asomadas.
Con tanta gente en una misma foto
no hay quien se muestre al mundo
como uno es, entero,
como se muestra un dios:
en todo su esplendor
y colgado del aire.
Al principio,
cuando uno se encuentra
metido en esa mueca inexplicable,
da un poquito de pena,
pero,
luego,
lo que entra es la risa,
histérica, si quieres, pero risa.
Lo bonito sería
hacer un huequecito,
y ver cómo en el cuerpo se recrean
las formas, el respiro,
y muchas cosas más:
(aunque me esté mal el decirlo)
las voluptuosidades, por ejemplo.

Quien mire bien la foto,
quien contemple
ese número inmenso de cabezas,
esas miradas
que se clavan en uno
como si uno fuera el objetivo,
se dará buena cuenta de que estamos
amasados y hundidos,
inundados de otros,
abrasados (¡ojo! abrasados, no abrazados)
en un caliente mar,
en un montón de arena,
en una hoguera
sacando la cabeza solamente.
Y, entonces, uno
se pregunta asombrado:
¿Esto es el mundo?
Lo normal es que nadie te responda
ni a esa
ni a esta otra pregunta:
¿Por qué no puede uno
salirse de la foto,
así,
tranquilamente,
para que los demás vean su figura
y comprueben
que a todos se nos hincha
el pecho cuando amamos,
y que de vez en cuando se nos doblan,
no sólo de cansancio, las rodillas,
sino tambien de sumisión y espanto,
y, qué se yo,
que se nos cae la piel si envejecemos?

Si no puedo emerger, mejor morirme ¿no?.
Lo digo
para dejar mi hueco a otra persona,
a algún vecino mío, por ejemplo,
a alguien que pueda
– y quiera -
verse, aunque sea
por una sola vez, de cuerpo entero.