Llevaba un maniquí, no un niño muerto.

La mujer que cruzaba
la calle como un viento
y envolvía
en sus brazos un cuerpo quietecito,
llevaba un maniquí,
no un niño muerto.

Mi llanto,
a punto de romper,
permaneció asomado simplemente
cuando supe, eso quise creer,
que los brazos,
duritos y flaquitos, que colgaban
y que se cimbreaban,
eran de un maniquí
y no de un niño muerto.

Mis labios sonrieron,
(no tanto como siempre, algo pasaba)
al ver que aquel pechito
y que aquellos ojitos,
unos ojitos claros que miraban,
eran de un maniquí,
y no, como creía,
de algún niñito muerto.

Y, cuando ví la acera
salpicada de sangre chiquitita,
suspiré muy tranquilo;
me alegraba
de que aquella mujer,
la que corría
rodeada de fuego y de metralla,
y lanzaba el dolor como un aullido,
sólo llevara - ¡menos mal! - en brazos
un maniquí, un muñeco,