Con una bomba a la altura del pene

null Autor foto: Eustaquio Neves

Encontramos desnudo al muchachito,
de pié en la noche y sosteniendo,
a la altura del pene, una granada.
Apretaba en sus manos
esa posible muerte recluida en un cajón de acero.
Estaba desconcertado y no nos contestó cuando dijimos:
¿Qué ha pasado, muchacho, qué ha pasado?
Nos miró intensamente y en el silencio puso toda su amargura;
en la quietud, el miedo; en la mirada sólo una respuesta:
¡No ha explotado!

Él era así,
delgado,
casi un adolescente,
morenito,
con el pelo de flores exquisitas.

La bomba relucía, negra como ese pelo ensortijado,
y nadie supo nunca por qué se quedó allí,
como una cabeza entre sus manos.
Poco a poco, el muchacho,
muy despacio,
posó la bomba en tierra,
la colocó a su lado,
y se quedó muy quieto, preguntando
con los ojos, qué hacer.

Y nosotros dijimos: ¡Sal corriendo!.

Pero el muchacho permaneció en el sitio,
como clavado,
junto a aquella cabeza de metal que le miraba.

Erguido sobre la muerte,
aquel muchacho comprendió que el mundo
no era más que un silencio ovalado y frío,
un pequeño y estriado silencio
retenido entre sus manos a la altura del sexo.

“¡Sal corriendo ahora!”- le gritamos.
Y él,
en voz muy baja,
sin retirar su vista de la brillante bola,
como si, humildemente, le pidiera permiso,
contestó murmurando:“Ahora mismito voy”
Y, en ese instante,
permiso denegado,
se oyó otra voz,
grave como el rugir de una montaña,
como el caliente erupto de la Tierra.

La bomba y él se fueron de la mano hacia los cielos,
pero, enseguida, el muchacho desnudo
cayó sobre la tierra, destrozado.

Y de la bomba, en cambio,
de la bomba que le quiso abrazar, no quedó nada.