Una chaqueta demasiado grande.

null Autor foto: Matías Costa "El país de los niños perdidos."

Joaquinito tenía
dos amiguitos negros,
tan negros como él,
dos amiguitos
que eran como sus socios,
sus coleguis,
sus nosabíaqué, pero lo eran
en el negocio aquel de la basura.

El negrito Joaquín,
diez años, más o menos
(no estaba muy seguro)
se colocó de pies juntillas
y dejó que los brazos le colgasen
a lo largo del cuerpo.
Así que la chaqueta,
una enorme chaqueta conseguida
en la tibia basura de aquel día,
se acomodó en sus hombros como manta,
como manos calientes
(sería mucho decir “como caricia”).

Sin moverse, Joaquín
miró a sus dos amigos,
y,
encorvado,
les pidió un silencioso
perdón.

¡Qué ojos, Dios, qué ojos!
Digo, los de los tres...
¡Qué ojos, madre mía!
¡Qué situación más rara¡
Os la describo:
“Joaquín, en medio
del pestilente prado de basura;
al frente, Obian,
ese que tiene
la cicatriz de un hombre en la mejilla;
y, un poco más allá,
el otro,
el que se hace llamar Ben Abdelkader.
Pues bien,
Abdelkader y Obian están mirando
a su amigo Joaquín ;
lo están mirando
como quien mira el cielo
y se imagina pájaro
o se imagina viento,
o sea,
a punto de saltar,
los pies temblando,
y batiendo unas alas de tristeza.

Y nos faltan
los ojos de Joaquín que van y vienen
del triunfo al miedo,
como un par de ratitas,
como un par de cometas
(eso según se mire),
celebrando a su modo tanta suerte.”

A Joaquín la chaqueta
le queda enorme, sí, pero le llega
hasta los pies descalzos, y le tapa
las manos, las rodillas,
el corazón, el pecho, los temblores.

Envuelto ya en un amplio calorcito,
Joaquín no quiere andar,
prefiere
que ni Obian ni Abdelkader
le dejen de mirar;
y cuando pasen
dos días o tres,
o cuatro o veinticinco,
les prestará un ratito
lo mejor que ahora tiene:
su chaqueta.
Porque él no se olvida
de que Obian y Abdelkader
son sus compis del alma, sus amigos.